Doctrina política de la Iglesia. Por el Padre Iraburu (VII)

Gallardon-y-Benigno¿ejemplares políticos liberales católicos?

 

La exclusión semipelagiana del martirio

En el Occidente de antigua tradición cristiana, la descristianización ha tenido una de sus raíces principales en el semipelagianismo que durante siglos se ha generalizado entre los católicos. Durante los primeros siglos de la Iglesia y en el milenio medieval prevalece, en cambio, la doctrina católica de la gracia: sólo Cristo puede salvar al mundo, y para ello Él prefiere usar medios pobres y crucificados (Cto.-M 136-137). La ignorancia o el olvido de esta doctrina de la fe es quizá la explicación principal de que normalmente los políticos cristianos excluyan el martirio, y por tanto el testimonio de la verdad, en cualquiera de sus planteamientos. Y es que hacen sus cuentas, y concluyen: «si propugnáramos tal causa verdadera, quedaríamos descalificados y perderíamos el poder político o la esperanza de conseguirlo. Y esto no puede quererlo Dios, ya que entonces no podríamos servirle eficazmente en el campo de la política. Por tanto, en conciencia, debemos callarnos en ese asunto y mirar hacia otro lado». Esta piadosa exclusión semipelagiana del martirio, que provoca la ruina espiritual del Occidente cristiano, ha sido ya señalada por mí en otro lugar: «El cristianismo semipelagiano entiende que la introducción del Reino en el mundo se hace en parte por la fuerza de Dios y en parte por la fuerza del hombre. Y así estima que los cristianos, lógicamente, habrán de evitar por todos los medios aquellas actitudes ante el mundo que pudieran debilitar o suprimir su parte humana activa -marginación o desprestigio social, cárcel o muerte-. Y por este camino tan razonable se va llegando poco a poco, casi insensiblemente, a silencios y complicidades con el mundo cada vez mayores, de tal modo que cesa por completo la evangelización de las personas y de los pueblos, de las instituciones y de la cultura. ¡Y así actúan quienes decían estar empeñados en impregnar de Evangelio todas las realidades temporales!» (Cto.-M 137).

La acción política cristiana que, en un mundo hostil a Dios y a su Cristo, rehuye en forma sistemática todo enfrentamiento martirial con el mundo -concretamente, todo aquello que pueda implicar una seria pérdida de votos-, cesa de ser acción política cristiana y queda necesariamente sin fruto alguno. ¿Dónde el cristianismo, en el área de la política o en cualquier otra, ha dado frutos históricos abundantes apartando a un lado la Cruz de Cristo, que tan completamente destruye la parte humana de la obra salvadora del mundo? Recuperar la posibilidad de pensar y decir la verdad.

Mientras los políticos cristianos, en el gobierno o en la oposición, no recuperen un discurso libre del mundo, libre del secularismo inmanentista, en el que puedan afirmar a Dios y a los valores morales como fundamentos indispensables para el bien común del pueblo, será mejor que renuncien al calificativo de cristianos. Aunque, generalmente, ya lo han hecho. Más arriba he recordado que los políticos, para poder gobernar dignamente, necesitan poseer en alto grado las virtudes morales. Pues bien, en el supuesto de que contemos con laicos cristianos realmente virtuosos, competentes, y concretamente llamados a la política, ¿qué atractivo tendrá para ellos aquel partido de presunta «inspiración cristiana» que obliga a silenciar sistemáticamente en la acción pública el nombre de Dios y la afirmación de los valores morales naturales? Si se parte de esta premisa abominable, ¿qué posibilidades tiene la política cristiana de ejercitarse dignamente?

Un ejemplo reciente. Un partido mayoritario, que dice seguir el humanismo cristiano, ante el acoso de aquellos partidos abiertamente agnósticos o ateos, que reclaman la ampliación de los supuestos legales para el aborto como «un derecho inalienable de la mujer», fundamenta su negativa sólamente en que «no hay para ello demanda social». Increíble. ¿Eso significa que ese partido de presunta inspiración cristiana aceptará el aborto libre y gratuito «cuando haya para ello suficiente demanda social»?…

Sencillamente, ese partido no se atreve a decir en el debate público de tan grave cuestión que el aborto no es en absoluto un derecho de la mujer, y que el derecho a la vida sí es «un derecho inalienable del niño».

Convendrá decirlo con claridad: los políticos cristianos no tienen razón de existir si en el ejercicio de su ministerio público prescinden sistemáticamente de Dios y del orden natural. Aquí sí que habría que decir como Trotsky, aunque por razones muy distintas, que están condenados «al basurero de la historia». Para existir y para tener fuerza en la acción, los políticos cristianos necesitan absolutamente recuperar la posibilidad de pensar y decir al pueblo la verdad, la verdad de Dios, la verdad de la naturaleza. Ahora están atados. Pues bien, sólo «la verdad les hará libres» (Jn 8,32).

Tengamos en cuenta, por otra parte, que el silenciamiento sistemático de la doctrina política verdadera es una miseria relativamente reciente. Todavía, por ejemplo, a mediados de nuestro siglo un historiador de la filosofía, como Chevalier, podía expresar la verdad con toda franqueza: «En la aurora de los tiempos modernos, son los dominicos y los jesuitas [Vitoria, Suárez, etc.] de España, vieja tierra de fueros y libertades, los que afirmaron, contra el absolutismo de los príncipes, de sus legistas y de la Reforma, el fundamento verdadero de la sociedad o de la comunidad humana, mostrando que debe ser buscado en una ley natural que no es de invención humana, sino que tiene a Dios por autor. Esta idea será puesta en práctica en la edad siguiente por Altusio y por Grocio, pero con un peligroso debilitamiento de la base metafísica o divina, que se procura sustituir por el acuerdo de las voluntades humanas, es decir, por un principio antropocéntrico, contractual, artificial, y, por consiguiente, revocable, que no tardará en perder su carácter objetivo, con Rousseau y sus sucesores, para abocar en un individualismo o en un estatismo igualmente ruinosos, una vez privados de su regla transcendente.

Para volver a encontrar el equilibrio perdido, no hay más que un camino: es necesario retornar a los principios de los grandes doctores de la Edad Media, principios a los que los teólogos españoles de la edad de oro dieron su forma definitiva, echando las bases de la fraternidad de los pueblos y de la paz de la humanidad, fundada en el respeto y el amor al Autor del derecho vivo y de la ley eterna, el Creador Dios» (II,646-647). Hace unos decenios, en efecto, todavía era posible afirmar en Occidente la doctrina política de la Iglesia sin verse obligado a asumir actitudes extremadamente heroicas. Esa doctrina, por otra parte, no puede hoy ser otra que la enseñada por la Biblia y por la tradición católica, especialmente entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, reiterada en el Vaticano II y reafirmada en el Catecismo de la Iglesia Católica. Pero por eso, justamente, porque no puede ser otra, apenas puede ser hoy propuesta sin ocasionar graves conflictos, que escandalizan a los católicos liberales aún más que a los agnósticos o ateos.

Uno de estos escándalos fue provocado a ciencia y conciencia por Irene Pivetti, presidenta del Parlamento italiano en 1994. Dada la extrema rareza del caso, merece la pena recordarlo: «Cuando preparé mi discurso de toma de posesión de la presidencia de la Cámara sabía con certeza que una referencia explícita a Dios me iba a acarrear críticas y protestas. No por ello desistí en mi deber de decir la verdad […] Esa alusión significa también confesar la soberanía de Cristo Rey, al que verdaderamente pertenecen los destinos de todos los Estados y de la historia, como siempre enseñó todo catecismo católico; lo cual no impide, naturalmente, con el permiso del Omnipotente, que estos Estados se den una legislación laica, como nuestro país, o incluso antirreligiosa, como en algunos casos ha ocurrido y todavía ocurre en el mundo» («30 Días» 1994, nº 80, 11).
¡ que arda tu corazón!

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