Doctrina política de la Iglesia. Por el Padre Iraburu (VI)

ideologia

 

 

1.- Los cristianos pueden hoy realizar un gran servicio político en pequeños partidos de oposición. Se dirá en seguida que son muy ineficaces estos partidos meramente testimoniales. Pero conviene despojar a esta palabra -que significa partidos martiriales- de toda significación peyorativa. Sirven así honradamente a Cristo Rey, Señor del universo, del único modo que por el momento les es posible. No contribuyen a la confusión mental y a la degradación moral del pueblo. E incluso es posible, cuando ninguno de los grandes partidos tiene mayoría absoluta, que su aportación minoritaria, pero decisiva, para la formación de un gobierno, les permita influir benéficamente en la vida pública en medidas desproporcionadas a su volumen cuantitativo.

Pensemos en los casos que se han dado, por ejemplo, en Alemania o Israel, donde pequeños partidos han determinado a veces orientaciones importantes de la política nacional. Habrá que decir, por lo demás, parafraseando a Thoreau, que cuando el bien común del pueblo es duramente agredido por numerosas leyes inicuas y la orientación política general se hace perversa, el lugar de los políticos honestos es la cárcel, o al menos la oposición.

El Vaticano II quiere que «los laicos [sobre todo los políticos, es de creer] coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando éstos inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36c). Pues bien, la orientación general de la vida política de los Estados liberales no sólamente no favorece la virtud del pueblo, sino que es la causa principal de su degradación moral. Podrá alegarse que si los políticos cristianos, manteniéndose en la verdad y la justicia, se ven marginados de las opciones de gobierno, el poder quedará en manos de los enemigos de la Iglesia, y el resultado será peor para el pueblo cristiano. Pero esta última suposición no parecer verse confirmada por la experiencia histórica. Si mirando nuestro siglo, pensamos en casos como Polonia o México, y consideramos la suerte de otros pueblos contemporáneos de su entorno, podemos concluir que la vida espiritual de los ciudadanos sufre agresiones mucho más insidiosas y eficaces bajo regímenes específicamente liberales -colaborados tantas veces por políticos cristianos- que bajo otros regímenes derivados del liberalismo, como los marxistas o socialistas, más explícitamente antirreligiosos. Tal como está el mundo apóstata del Occidente, si los políticos cristianos se obstinan en ofrecer programas que tengan posibilidades próximas de poder gubernativo, es decir, de un apoyo mayoritario, tendrán que abjurar del santo nombre de Dios en la vida pública, de toda referencia al orden natural, de la defensa a ultranza del derecho a la vida y de muchos otros valores fundamentales. Y el cáncer de este silencio ominoso acabará extendiéndose, como una metástasis, a todo el pueblo cristiano, pastores y fieles. Es hora, pues, de recordar las palabras de Cristo: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?» (Mc 8,36).

2.- Fuera de los partidos políticos, las posibilidades cristianas de trabajar por el bien común del pueblo son muy grandes. El mundo de los diarios y revistas, de las escuelas y universidades, de los ateneos y fundaciones privadas, de las campañas públicas, de las asociaciones u organizaciones no gubernamentales existentes o posibles, ofrece un campo muy amplio para procurar cristianamente el bien común de los conciudadanos. Ahí es donde, sin cortapisa alguna, los políticos cristianos han de organizar campañas acérrimas en favor de la vida o de la enseñanza católica, y contra el aborto y todo otro modo de perversión social pública. Ahí es donde podrán actuar sin ningún temor a perder votos o a ser marginados en el partido. Ahí, por el camino evangélico único, es decir, «perdiendo la propia vida», es como de verdad podrán «ganarla» para sí y para sus conciudadanos (+Lc 9,24). Ahí es donde los cristianos han de recuperar hoy la posibilidad de invocar en la vida pública el santo nombre de Dios, imprescindible para el verdadero bien del pueblo.
¡ que arda tu corazón!

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