Doctrina política de la Iglesia. Por el Padre Iraburu (IV)

AGUSTINA

 

-La Iglesia es neutral en cuanto a la forma de los regímenes políticos.

En esta doctrina se fundamenta el legítimo pluralismo político entre los cristianos (Vaticano II: GS 43c, 74f, 75e). Es ésta la doctrina tradicional que expone, por ejemplo, Santo Tomás. En todos los regímenes políticos se dan, en una u otra forma, los tres principios: monarquía -uno-, aristocracia -algunos-, y democracia -todos-. Y los tres pueden degenerar, respectivamente, en tiranía, oligarquía o demagogia. Normalmente el régimen ideal es mixto: «Tal es, en efecto, la óptima política, aquélla en la que se combinan armoniosamente la monarquía, en la que uno preside, la aristocracia, en cuanto que muchos mandan según la virtud, y la democracia, o poder del pueblo, ya que los gobernantes pueden ser elegidos en el pueblo y por el pueblo» (STh I-II,105, 1).

En este sentido, como enseña Pío XI, «la Iglesia católica, no estando bajo ningún respecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones políticas, sean monárquicas o republicanas, aristocráticas o democráticas» (Dilectissima Nobis 6: 1933). Por eso es grave error sacralizar la monarquía y satanizar la república, o adorar la república y considerar ilícita cualquier otra forma de gobierno. Es éste un error que produce enormes daños a la vida de la Iglesia y de los pueblos; pienso, por ejemplo, en el culto presente a la democracia; más aún, a la democracia liberal. Y ese grave error suele implicar otro error también grave: juzgar el gobierno concreto de un país principalmente por las formas de su constitución y ejercicio, y no por los contenidos y resultados efectivos del mismo. Este error ha llevado, lleva y llevará a condenar gobiernos honrados y a aprobar gobiernos inicuos, con gravísimas consecuencias para la vida del pueblo cristiano. Otra cosa muy distinta es que en unas concretas circunstancias históricas los cristianos, por ejemplo, apoyen la monarquía y combatan la república, si la primera defiende los valores de la fe y la segunda los combate. Opciones históricas como ésa se dan entonces, como debe ser, no por prejuicio favorable a ciertas formas de gobierno -aunque algo de este prejuicio pueda mezclarse a veces-, sino por afirmación o negación de ciertos contenidos de la vida política nacional.

Es, pues, urgente recuperar en esta cuestión la doctrina política tradicional de la Iglesia. Nos la recuerda Desqueyrat: «La Iglesia nunca ha condenado las formas jurídicas del Estado: nunca ha condenado la monarquía -absoluta o moderada-, nunca ha condenado la aristocracia -estricta o amplia-, nunca ha condenado la democracia -monárquica o republicana-. Sin embargo, ha condenado todos los regímenes que se fundamentan en una filosofía errónea» (I,191).

 
¡que arda tu corazón!

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