Doctrina política de la Iglesia. Por el Padre Iraburu(III)

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-El principio de la tolerancia.

No siempre, sin embargo, es posible lograr una coincidencia entre el orden moral y el orden legal de la ciudad secular. «Ciertamente, el cometido de la ley civil es diverso y de ámbito más limitado que el de la ley moral […]; consiste en garantizar una ordenada convivencia social en la verdadera justicia, para que todos “podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1Tim 2,2)» (Evangelium vitæ 71).

Ante esta realidad inevitable, entre el calvinismo extremo, que pretenden leyes absolutamente cristianas, rechazando hacerse cómplice de cualquier ley imperfecta, y el maquiavelismo extremo, que introduce el amoralismo oportunista en la política, es conveniente una tercera vía, un «sano realismo», como decía Pío XII (Radiomensaje Navidad 1956), que aplique con prudencia el principio de la tolerancia, tal como lo formulaba ya León XIII: «aun concediendo derechos sóla y exclusivamente a la verdad y a la virtud, no se opone la Iglesia, sin embargo, a la tolerancia por parte de los poderes públicos de algunas situaciones contrarias a la verdad y a la justicia para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien» (Libertas 23: 1888).

Hasta ahí los cristianos liberales -círculos cuadrados-, pasando por alto lo de los derechos exclusivos de la verdad, hacen suyo, no sin dificultades, el texto pontificio. Pero éste continúa: «Cuanto mayor es el mal que a la fuerza debe ser tolerado por un Estado, tanto mayor es la distancia que separa a este Estado del mejor régimen político. De la misma manera, al ser la tolerancia del mal un postulado propio de la prudencia política, debe quedar estrictamente circunscrita a los límites requeridos por la razón de esa tolerancia, esto es, el bien público. Por este motivo, si la tolerancia daña al bien público o causa al Estado mayores males, la consecuencia es su ilicitud, porque en tales circunstancias la tolerancia deja de ser un bien […] «En lo tocante a la tolerancia, es sorprendente cuán lejos están de la prudencia y de la justicia de la Iglesia los seguidores del liberalismo. Porque al conceder al ciudadano en todas las materias una libertad ilimitada [leyes, por ejemplo, que legalizan el divorcio, el aborto, las parejas homosexuales, la eutanasia], pierden por completo toda norma y llegan a colocar en un mismo plano de igualdad jurídica la verdad y la virtud con el error y el vicio» (23). La cuestión, como se ve, está en distinguir entre el sano realismo y el realismo insano; entre la ley imperfecta, y la ley realmente inicua, que «deja de ser ley, y que se convierte en un acto de violencia» (STh I-II,95, 2; +Evangelium vitæ 72). En efecto, las leyes buenas son caminos que ayudan al pueblo a caminar hacia el bien, mientras que las inicuas le llevan a la perdición. Pues bien, muchas de las leyes de los Estados que se mueven en los planteamientos del liberalismo son leyes inicuas, es decir, son caminos de perdición para el pueblo, y están totalmente privadas de auténtica validez jurídica. -Los gobernantes y sus leyes deben ser resistidos cuando actúan contra Dios, contra su verdad y su ley, pues en ese momento se desconectan de la fuente de su autoridad. «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). La Iglesia primitiva ofrece en su historia un ejemplo impresionante tanto de obediencia cívica, en cuanto ella era debida, como de resistencia pasiva hasta la muerte en el caso de los mártires, cuando la obediencia se hacía iniquidad (Hugo Rahner, L’Église et l’État). En efecto, son innumerables los ejemplos de los mártires cristianos, que resistieron heroicamente las leyes injustas, arrostrando la cárcel, el destierro, el despojamiento de sus bienes o la muerte.  No es frecuente hoy que los políticos cristianos vayan a la cárcel por causas análogas. También a veces los cristianos han de presentar una resistencia activa a los gobiernos perversos. Esta actitud viene hoy proscrita por un pacifismo a ultranza, pero es cristiana y enseñada ciertamente por la doctrina de la Iglesia. Así, por ejemplo, Pío XI, en la encíclica Firmissimam constantiam del año 1937, enseña que «cuando se atacan las libertades originarias del orden religioso y civil, no lo pueden soportar pasivamente los ciudadanos católicos». Ahora bien, las condiciones requeridas para una lícita resistencia activa son muy estrictas y han de ser cuidadosamente consideradas (Denz 2278/3775-3376). Pueden darse y se han dado circunstancias históricas en las que el pueblo cristiano debe en conciencia levantarse en armas, como los Macabeos, arriesgando con ello sus vidas y sus bienes materiales por la causa de Dios y por la salvación de los hombres. El pacifismo en sus formas extremas es contrario a la tradición y doctrina de la Iglesia.
¡ que arda tu corazón!

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