Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11).

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Hace días pude oir con horror de la boca de un católico admirado por el mundo, el discurso más materialista que nunca había oído. Debo decir que me asustó, pero sobre todo me asustó como asentían todos los católicos que asistían al acto. Todos estaban en consonancia con el mismo y no sólo eso, sino que ya no eran capaces de distinguir que todo lo que decía derivaba de una mente liberal y carente de visión sobrenatural. En ese discurso, Dios estaba lejos y el hombre era el dueño de su destino, solo con el poder de su voluntad. En ese discurso lo importante era ser importantes, tener éxito y llegar muy , muy lejos, … para poder influir en el mundo (no sé muy bien a qué influencia se refería), nada más lejos de la lógica de Dios, que se hizo pequeño y pobre.

Debo decir que cuando comenté con algunas personas que tenía al lado,  todos aceptaban este naturalismo liberal , como un mal menor que conviene tolerar.¡ Es lo que hay! decían

Este liberalismo católico de convicción es el que vincula el Evangelio a las modalidades concretas de las modernas libertades y a los diversos mesianismos seculares. Es el catolicismo ilustrado, más sabio que la Iglesia, la cual, no entendiendo los signos de los tiempos, ya desde el magisterio de Gregorio XVI, condena pronto como «paridades blasfemas» esas identificaciones, o reducciones, de la salvación a ciertas causas temporales (Mirari vos 1832).

Les dejo con unas reflexiones del Padre Iraburu:

Con amor y con horror

El horror de Cristo hacia «el pecado del mundo» no es apenas concebible para nuestra mente: sólo podemos llegar a adivinarlo contemplando a Jesucristo en Getsemaní o en la pasión del Calvario, donde el pecado del mundo le abruma y aplasta, hasta hacerle sudar sangre. Ese mal del mundo, que pasa en gran medida inadvertido a los hombres, pues en él han vivido sumergidos desde siempre, es para Cristo una atmósfera asfixiante y perversa, que llega a veces, cuando así lo dispone el Padre, a llenarle de «pavor y angustia».

Cristo ve y entiende que las autoridades, en lugar de servir a sus súbditos, «los tiranizan y oprimen» (Mc 10,42). En el mismo Pueblo elegido, Cristo ve la generalizada profanación del matrimonio, que ha venido a ser una caricatura de lo que el Creador «desde el principio» quiso que fuera (Mt 19,3-9). Ve, lo ve en el mismo Israel, cómo una secular adicción a la mentira, al Padre de la Mentira, hace casi imposible que los hombres, criaturas racionales, capten la verdad (Jn 8,43-45); cómo el hombre, habiendo sido hecho a imagen de Dios, ha endurecido su corazón en la venganza y en los castigos rigurosos, ignorando el perdón y la misericordia; cómo escribas y fariseos, los hombres de la Ley divina, han venido a ser una «raza de víboras», unos «sepulcros blanqueados», que «ni entran, ni dejan entrar» por el camino de la salvación (23,13-33); cómo, por la avidez económica de unos y la complicidad pasiva de otros, el Templo de Dios se ha convertido en una cueva de ladrones (21,12-13)… Todo eso lo ve en el Pueblo elegido. Y todo eso no lo ven las autoridades, ni los sacerdotes, ni tampoco los teólogos de Israel.

Por lo demás, Jesucristo casi nunca expresa el dolor que padece al estar inmerso en el pecado del mundo. Una vez, refiriéndose a la cruz, a su deseado «bautismo» final, exclama: «¡y cómo sufro hasta que esto se cumpla plenamente!» (Lc 12,50). Pero podemos suponer ese íntimo sufrimiento al ver el dolor que a veces le causan, con su torpeza espiritual, sus mismos amigos más íntimos.

En una ocasión le dice a Simón Pedro: «Apártate de mí, Satanás, que me escandalizas, pues no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres» (Mt 16,23). En otra ocasión, se le acerca a Jesús un pobre hombre, padre de un epiléptico, y le pide que sane a su hijo, pues los apóstoles lo intentaron sin conseguirlo. Y el Señor responde: «¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?» (Mt 17,17)…

Y si así le hacían padecer sus amigos, gente, después de todo, de buena voluntad, y que todo lo habían dejado por seguirle, cómo le haría sufrir ver un día y otro, en los que le rechazaban, hombres perdidos en la vanidad y el mal, fascinados por la criatura y olvidados del Creador, mentes abiertas a la mentira y cerradas a la verdad, personas sujetas al mundo y a su Príncipe infernal, y amenazadas de perdición eterna (+Jn 8,44). Con razón dice San Zenón de Verona (+372?) que «el Señor habitó en un verdadero estercolero, esto es, en el cieno de este mundo y en medio de hombres agitados como gusanos por multitud de crímenes y pasiones» (Trat. 15,2: ML 11,443).

Viendo una vez cómo Jerusalén le rechaza, y entendiendo cómo así la Ciudad elegida repulsa la salvación y se atrae la destrucción, siente tanta pena que se echa a llorar (Lc 19,41-44). Está claro que a Cristo no le da lo mismo que el mundo-pecador le reciba o le rechace. Su amor inmenso a los pecadores le lleva a sufrir inmensamente, cuando comprueba que «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (+Jn 1,11).

¡ que arda tu corazón!

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