Cristo eleva lo mundano nada menos que a la condición de «medio» para un «fin» eterno y celestial.

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En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial , y después de la tragedia que esto provocó,  un espíritu de materialismo hedonista se difundía y penetraba en la misma Iglesia. Después de tantos sufrimientos en algunos hombres de Iglesia se abría camino una ilusión: la de que hubiese llegado el momento de abandonar la Cruz y de encontrar alivio en las palabras de paz y bienestar pronunciadas por el mundo. La ilusión de alcanzar una sociedad terrena inspirada en los valores del mundo, fue la principal tentación que se presentó al Clero en la década de los 50

La Iglesia además necesitaba la coherencia entre la integridad de la doctrina y la santidad de sus miembros empezando por la misma jerarquía. Había que condenar los errores, pero también despertar las almas a la penitencia, a la oración, a la frecuencia de los sacramentos, a la devoción a la Virgen(1)

 

 

El mundo efímero

Nadie, hemos visto, ha sentido hacia la creación visible y hacia el mundo-pecador un amor tan grande y eficaz como el de Cristo. Pero nadie como él, tampoco, ha sido tan consciente de la relatividad efímera de los bienes del mundo, que están intrínsecamente ordenados hacia los bienes eternos.

Todas las realidades intramundanas, en efecto, habrán de ser siempre tomadas o rechazadas en función de las realidades futuras escatológicas; ya que «¿de qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?» (Mc 8,36). No olvidemos, pues, que este mundo es pasando, y que pasa rápidamente. Por eso el Señor reprocha al hombre mundanizado: «Insensato, esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado ¿para quién será? Así será el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,20-21).(2)

El mundo valioso

Entiéndase bien aquí que Cristo, al hablar de la vanidad del mundo y de su condición efímera, en modo alguno trata de «quitar valor» a lo mundano. Muy al contrario: él ensalza y eleva lo mundano nada menos que a la condición de «medio» para un «fin» eterno y celestial, lo que realza inmensamente su valor y dignidad.

En este sentido, nadie como Cristo conoce el valor de las realidades temporales, y nadie se ha atrevido a intentar su perfeccionamiento con mayores esperanzas. Jesucristo, en efecto, no se resigna a dejar este mundo en su condición miserable e indigna; no lo da por perdido, ni lo considera irremediable. Él quiere hacer con la Iglesia un mundo mejor, un mundo digno de Dios, transfigurado con la belleza y santidad del Reino. Él tiene medios y fuerzas sobrehumanas para conseguirlo

Y por eso el Salvador envía los cristianos al mundo como «sal de la tierra», como «luz del mundo» (Mt 7,13-15), con una misión altísima, llena de amor y de inmensa esperanza. Con ellos va a seguir él obrando su salvación en la humanidad. Como el matrimonio y la familia, él va a salvar con los cristianos la cultura y las leyes, el pensamiento y el arte, la economía y la política, todo lo que es humano. Los cristianos harán, lo dice el Señor, «las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo voy al Padre», y desde el Padre les asistiré siempre con el Espíritu Santo (Jn 14,12.16).(2)

¡ que arda tu corazón!

(1) Roberto di Mattei. Libro Concilio Vaticano II

(2)Padre Iraburu sus apuntes sobre de Cristo o del mundo

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