Son hoy demasiados los cristianos que aceptan la yuxtaposición de una religión personal y de una sociedad laica. Tal concepción es ruinosa para la sociedad y para la religión. Cardenal Jean Daniélou

RAYOY Y ZAPATERO

Crecimiento del naturalismo liberal entre los católicos

El otro día hablaba con una persona que se le llenaba la boca alabando a Rajoy y su gobierno, “cada día me gusta más Rajoy “decía llena de entusiasmo.  Pero a la vez criticaba la medida del gobierno de Navarra de querer reducir las clases de religión.

Esta persona asumía que tener un presidente del gobierno de una democracia liberal, que no le importa lo más mínimo la ley natural, era algo muy bueno . Los católicos mundanos son hoy mayoría en Occidente, y aceptan ya las tesis del naturalismo laicista no como hipótesis, por conveniencia o por prudencia, sino como tesis, esto es, por convicción. Sin darnos cuenta han interiorizado los principios liberales que la Iglesia ha condenado largamente.

Según estos cristianos que abundan , la Constitución política debe prescindir de Dios -aun en el caso de que la gran mayoría del pueblo sea creyente-, y el Estado no ha de tener otro fundamento que el hombre, sea el partido omnisciente, sea la voluntad mayoritaria, abandonada a sí misma o, lo que es mucho más común, manipulada por unos pocos. Esto es lo más conveniente para «la paz». Según estos cristianos hay que dejarse de actitudes militantes. Lo importante es la paz.

El otro día Monseñor Cañizares hablaba también en estos términos liberales alabando la constitución “En nuestro texto constitucional no se invoca a Dios pero sí se protegen los derechos humanos.” olvidando que dicha constitución considera un derecho el aborto.

La mentalidad del catolicismo naturalista -liberalismo, americanismo, modernismo, progresismo, da más o menos igual-, va creciendo en las antiguas naciones cristianas de modo casi continuo hasta nuestros días. Por él gran parte del pueblo cristiano cae en la apostasía, muchas veces sin advertirlo, pues «quien pretende ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios» (Sant 4,4).

Según ellos, los cristianos, dejándose de actitudes militantes o huidizas ante el mundo, deben reconciliarse con él, adaptándose en mentalidad y costumbres. Así, la Constitución política debe prescindir de Dios -aun en el caso de que la gran mayoría del pueblo sea creyente-, y el Estado no ha de tener otro fundamento que el hombre, sea el partido omnisciente, sea la voluntad mayoritaria, abandonada a sí misma o, lo que es mucho más común, manipulada por unos pocos. Esto es lo más conveniente para «la paz». Y para el bien común es bueno que las leyes, en vez de apoyarse en Dios y en la ley natural, procedan simplemente de la mayoría de los votos -legalizar lo que está en la calle, o lo que se finge que está en ella- o de la decisión del partido infalible. Esto, a primera vista, simplifica enormemente las cosas; pero en realidad las lleva a una complejidad abrumadora.

Así pues, la mayoría de los cristianos, deponiendo finalmente toda resistencia, se ha sumado a la empresa de edificar un mundo sin referencia alguna a Dios. A su juicio, es mejor así. Más aún, es algo necesario, al menos si se quiere que los cristianos, deponiendo los nefastos enfrentamientos pasados con el mundo, influyan de verdad en él. Y aún es más necesario, concretamente, si quieren evitar de una vez por todas «el odio del mundo», que les viene siguiendo desde la Cruz del Calvario (Jn 15, 18-21). Edificar el mundo sobre Dios no trae sino alienaciones del mundo visible, o divisiones, guerras y sufrimientos. En cambio, construir el orden mundano sobre el hombre, sobre la razón, sobre los valores humanitarios universales, eso es lo único que asegura la paz y el bien común de los pueblos. Es cierto que los hechos demuestran ampliamente lo contrario; pero no importa.

Fuera del Magisterio apostólico o de algunas voces integristas, en los últimos decenios apenas se alzan ya autores católicos que denuncien los errores y los horrores del naturalismo liberal, en cualquiera de sus diversas formas, pues éste, aplicándose en forma generalizada, ha invadido la mayoría de las mentes, presentándose como un fenómeno histórico irreversible -¡así se presentaba el marxismo, que en paz descanse!-.

Todavía, sin embargo, en 1965 el Cardenal Jean Daniélou afirma, en L’oraison, problème politique, que la religiosidad pertenece a la naturaleza humana, de tal modo que construir la ciudad política sin Dios es algo contra naturam, algo que necesariamente tiene que producir efectos espantosos. En esa ciudad irán creciendo no hombres, sino monstruos. Y da otro aviso grave: «A nuestro juicio, son hoy demasiados los cristianos que aceptan la yuxtaposición de una religión personal y de una sociedad laica. Tal concepción es ruinosa para la sociedad y para la religión» (7).

¡ que arda tu corazón!

 

 

 

Tomado de los apuntes del padre Iraburu; De Cristo o del mundo

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