El católico mundano, exalta con entusiasmo el orden temporal, todo aquello que el hombre en cuanto criatura es capaz de hacer por sus fuerzas, como si todo eso, sin más, fuera básicamente «la causa de Cristo».

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Vivimos tiempos de una acelerada descristianización. Asistimos a un panorama de espanto, aunque nadie lo quiera reconocer. Los padres tenemos como secundaria la educación religiosa de nuestros hijos; primero los deportes, el futbol, el tenis, el golf y luego si ya , pues la misa dominical. ( Eso sí cuando sacan una ley para reducir las clases de religión en los colegios,  todo el mundo pone el grito en el cielo).

Cuando pensamos en las vacaciones hacemos lo que hacen la mayoría. Creemos que una familia cristiana con hijos adolescentes puede pasar 15 días en la playa sin daño para el alma. Simplemente no nos lo planteamos, lo hacemos porque lo hacen los demás. Asistimos a los mismos espectáculos y leemos las mismas revistas frívolas que los demás y no nos damos cuenta que al final la mundanización va calando.

Les dejo con unas palabras del Padre Iraburu:

Quienes asedian una fortaleza buscan antes que nada la complicidad de los traidores que les abran sus puertas. Así ha sido siempre, y así ha sido en el asedio sufrido por la Iglesia en el mundo moderno. En efecto, se debe principalmente a los católicos mundanos -liberales, modernistas, progresistas, socialistas, etc.: círculos cuadrados- que «el yugo suave y la carga ligera» de Cristo Rey se haya finalmente retirado de los hombros de los pueblos cristianos, y que éstos se hayan visto aplastados por los horrores del naturalismo moderno, en cualquiera de sus espantosas derivaciones. En efecto, durante los siglos XIX y XX serán normalmente los sinDios o estos cómplices suyos quienes -con toda naturalidad y como si ello viniera exigido por la paz y el bien común- gobiernen los pueblos cristianos, procurando con éxito creciente la ateización práctica de la sociedad.

Y aquí es necesaria una distinción muy importante. Entre los católicos mundanos habrá quienes acepten el naturalismo liberal o sus derivados prácticamente, como un mal menor que conviene tolerar. Pero también habrá otros que lo asuman teóricamente, reconociendo en él un bien que los cristianos deben propugnar como verdadera causa evangélica.

Es lo que sucedió, concretamente, con el primer liberalismo en Francia. En un comienzo, bajo la guía del obispo Dupanloup (1802-1878), predomina el catolicismo liberal de conveniencia, que aún hoy tiene algunos seguidores. Sin embargo, es el catolicismo liberal de convicción, el que desarrolla la idea del abate Felicité de Lamennais (1782-1854), el que se afirma históricamente más y más, hasta ser hoy, al menos en las clases ilustradas, la actitud ampliamente mayoritaria de los cristianos de Occidente. Este liberalismo católico de convicción es el que vincula el Evangelio a las modalidades concretas de las modernas libertades y a los diversos mesianismos seculares. Es el catolicismo ilustrado, más sabio que la Iglesia, la cual, no entendiendo los signos de los tiempos, ya desde el magisterio de Gregorio XVI, condena pronto como «paridades blasfemas» esas identificaciones, o reducciones, de la salvación a ciertas causas temporales (Mirari vos 1832).

El católico mundano, por ejemplo, el liberal lamennaisiano, exalta con entusiasmo el orden temporal, todo aquello que el hombre en cuanto criatura es capaz de hacer por sus fuerzas, como si todo eso, sin más, fuera básicamente «la causa de Cristo». Y es el que, al mismo tiempo, reduce a un segundo plano el orden sobrenatural, lo que es don de Dios, la salvación por Cristo, el perdón de los pecados, la elevación a la filiación divina, la necesidad del mundo de la gracia. Es la típica inversión del catolicismo liberal.

El catolicismo tradicional, el bíblico -ya lo hemos visto con cierta amplitud en las primeras partes- ve el mundo como «generación mala y perversa», de la que hay que salvarse y a la que hay que salvar por Cristo (+Hch 2,40; Rm 12,2; 2Cor 6, 14-18; Flp 2,15; 1Jn 2,15-16). Considera que el Espíritu divino es el único que da vida, mientras que la carne -y el mundo, que es su expresión social- es débil, y no sirve para nada (+Jn 6,63; Mt 26,41). Es el talante del catolicismo genuino que, como Clemente de Alejandría en el Pedagogo, ve en la Iglesia el pueblo «nuevo», el pueblo «joven» (I,14, 5; 19,4), en contraposición a la «antigua locura», que caracteriza al mundo pagano, viejo y gastado (I,20, 2).

-El catolicismo mundanizado, en el polo opuesto, estima que precisamente es en el mundo donde halla su principio renovador la Iglesia, y así enseña a eludir la Iglesia, o a desfigurarla con buena conciencia, siempre que ella entra en contraste irreconciliable con el mundo. De todos es conocida esa mentalidad y sus consecuencias, pues desde hace decenios es la actitud mayoritaria entre los cristianos descristianizados. Es, simplemente, la Apostasía de Occidente. El abate Lamennais terminó por abandonar la Iglesia, y ése es el fin de los que le siguen, al menos si son sinceros y coherentes.

Entre el catolicismo tradicional -el bíblico, el verdadero- y el catolicismo mundanizado hay una incompatibilidad absoluta, la misma que existe entre la luz y las tinieblas. (…)Pero el catolicismo mundano -liberal, socialista, liberacionista o lo que sea- piensa justamente lo contrario. Estima, con pleno acuerdo y aplauso de su amigo el mundo, que el mundo secular -el pensamiento y el arte, las instituciones y el poder político, la enseñanza, todo- sólo puede alcanzar su mayoría de edad sacudiéndose el yugo de la Iglesia. Y simétricamente, considera también que la Iglesia tanto más se renueva cuanto más se mundaniza; y tanto más atrayente resulta al mundo, cuanto más se seculariza y más lastre suelta de tradición católica.

¡ que arda tu corazón!

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