¿ Existe un liberalismo católico?

CRISTO REY 13

Seguimos analizando el liberalismo tan dañino para la mente católica de la mano de A. Caturelli

b) La posibilidad de un Estado laico «cristiano» y nuevas formas de liberalismo

De este examen histórico-doctrinal surge la evidencia de que la triple distinción de León XIII no sólo tiene siempre y para siempre la vigencia que es propia del Magisterio ordinario, sino también que adquiere una renovada actualidad.

Sin embargo, quizá podría caber la pregunta acerca de la posibilidad de un tercer término, de cierta mediación entre el orden sagrado de lo sobrenatural y el orden profano natural: que en el orden político se dé un Estado que rechace, a la vez, ser puramente laico-no-cristiano y explícitamente cristiano, confesional. Esa zona intermedia sería ocupada por un Estado no-confesional (laico) pero de inspiración cristiana, dentro del cual gozarían de idénticos derechos la verdad y el error; un Estado que permitiera la pluralidad de creencias religiosas y cosas semejantes, no por tolerancia (hipótesis) frente a ciertas circunstancias concretas, sino como una positiva y definitiva doctrina político-social.

Esta posición parte de un supuesto: los indudables valores humanistas del pensamiento moderno, con los cuales es menester una reconciliación de la Iglesia Católica. Esto en modo alguno significa canonizar la civilización moderna cuyo ateísmo y agnosticismo se rechaza; pero se acepta la existencia de un humanismo del que careció la Edad Media (lo que es falso de toda falsedad). En cambio, la Edad Media, durante la cual se realizó el Estado confesional (el Sacro Imperio) representó un altísimo y positivo teocentrismo, aunque sin los valores de un auténtico «humanismo». La Edad Media puso todo del lado de Dios, la edad moderna puso todo sólo del lado del hombre. No podría entonces negarse el «aporte» de la civilización moderna (y en el orden político social, de la misma revolución francesa) en cuanto coadyuvó para que el hombre alcanzara plena conciencia de su dignidad personal, aunque lo hiciera rechazando la Revelación (¡?). Una crítica adecuada de la civilización moderna iluminada por el pensamiento católico, permitiría un humanismo-cristiano; es decir, una suerte de síntesis del teocentrismo medieval y del antropocentrismo moderno y, en el orden político, la instauración de una «concepción profano-cristiana –y no sacro-cristiana– de lo temporal». Esta ciudad, es claro, no tendría ya la unidad del Sacrum Imperium sino una «estructura pluralista», no formal sino «vitalmente cristiana», con justa libertad para las «familias espirituales no cristianas»; semejante ciudad tendría, apenas, una «unidad mínima», no-sacra como la unidad máxima de la cristiandad medieval. Esta ciudad pluralista y profana tendría como centro a la persona (que por ser para Dios no se subordinaría al Estado); sólo en cuanto individuo se subordinaría al bien común del Estado: en fin, esta unidad no necesita de la fe sobrenatural para ser; puede existir y «puede ser cristiana acogiendo en su seno a los no cristianos».

Continuará…

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