¿ Existe un liberalismo católico?

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Sigue de la entrada anterior sobre el liberalismo católico

La encíclica Mirari vos (1832) del Papa Gregorio XVI que, «afligido, en verdad, y con el ánimo embargado por la tristeza», condenó la doctrina de Lamennais, no fue suficiente. No bastó que el Papa condenara la tesis según la cual puede el alma salvarse profesando cualquier creencia, la libertad absoluta de conciencia (que implica libertad plena para el error), que recordara que el origen del poder es Dios y reafirmara la recta doctrina acerca de la concordia del poder civil con la Iglesia (Mirari vos, nn. 13, 14, 17, 43; Singulari Nos, nº 3).

Ni bastó la condena de Paroles d’un Croyant dos años más tarde (Singulari Nos, nº 5).

Ni bastó la esforzada lucha de Louis Veuillot y de Mons. Pie. Los antiguos colaboradores de L’Avenir (Lacordaire, Montalembert) reaparecieron en las páginas de Correspondant (al que se sumó el prestigio de Mons. Dupanloup). En la pluma del abate Godard, en su libro sobre la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1861), se hizo explícito lo que siempre había estado implícito: Los «principios» del 79 (salvo la libertad absoluta condenada por Gregorio XVI) serían plenamente católicos (ava-lados por la autoridad de Santo Tomás, Belarmino y Suárez). Si los católicos no quieren quedar rezagados en el orden político-social (Montalembert) es menester que se incorporen a la revolución francesa que ha engendrado la sociedad moderna y se apresuren a conciliar catolicismo y democracia (liberal) proclamando la igualdad política, la libertad religiosa (dejando de lado el «pesado yugo» del Estado, como decía Lamennais) y, por tanto, sosteniendo «la Iglesia libre en el Estado libre», que es una nueva fórmula de la separación entre orden natural-temporal y orden sobrenatural (cf. Pascal, G. de, «Liberalisme», col. 1826-7).

De nuevo el orden temporal reaparece como autosuficiente y, una vez más, se esquiva hábilmente la autoridad del Magisterio.

Las esperanzas puestas quizá en un Papa más «abierto» se frustraron, pues Pío IX fue todavía más terminante en la Encíclica Quanta cura (1864) y en el Syllabus errorum (1864), porque condenó el naturalismo subyacente en la «separación» Estado-Iglesia y en la no-diferencia entre la religión verdadera y las demás religiones (Quanta cura, nº 4); rechazó la idea de una «libertad omnímoda» a la que llamó, con San Agustín, «libertad de perdición», recordando a todos que no puede sostenerse que la «voluntad popular», manifestada como «opinión pública», constituya «la ley suprema» (op. cit., nº 5).

Respecto de la libertad concebida como el mayor bien de la persona, recordó que «nada hay tan mortífero… como el afirmar que nos basta el libre albedrío»; más aún: el mismo poder secular no sólo ha sido conferido para el bien común temporal, sino, sobre todo, «para la protección de la Iglesia» (op. cit., nº 8).

Nada nos autoriza (frente a la revolución francesa) a sostener «que en el orden político, los hechos consumados, por sólo haberse consumado, tienen el valor del derecho» (op. cit., nº 5).

Así, el deseo de «bautizar» sin más trámites la trilogía masónica «libertad-igualdad-fraternidad», había sido nuevamente contenido. He dicho contenido, no eliminado.

Había quedado firme la doctrina, idéntica siempre y a la que todo católico debe adherir tal como la enseña el Magisterio (lo que se dio en llamar la tesis); esta doctrina, como es natural, no siempre puede aplicarse integralmente en concreto por imposibilidades o dificultades existentes en una sociedad (es lo que se dio en llamar hipótesis).

Pero estas imposibilidades o dificultades para nada alteran la doctrina. Es eternamente verdadero que el error no tiene derecho alguno, aun en un Estado como la China actual; será entonces menester la tolerancia del error en virtud del bien mayor de la Iglesia y de las almas (en hipótesis) sin que esto cambie la esencia de la doctrina; por ejemplo, deberá tolerarse el «pluralismo» de opiniones (subjetivamente sinceras, sostenidas por personas concretas que debemos amar en Cristo) pero mantener sin desmayos la verdad objetiva de la doctrina católica.

Sin embargo, los «olvidos» sucesivos de las enseñanzas del Magisterio, la afirmación implícita o explícita que tal o cual encíclica pertenece a otras circunstancias y otros tiempos y que el sentido de los términos ha cambiado, la acentuación progresiva de la hipótesis (la situación de hecho) fueron, paulatinamente, transformando la hipótesis en tesis (Pascal, G. de, op. cit., col. 1829-30).

Y así, lo que sólo es lícito tolerar en ciertas circunstancias (y siempre que en efecto se hayan dado invenciblemente) pasa a ser sostenido como tesis y, por eso, se convierte en error. Tal es el caso de la «tesis» de que la autoridad, aunque tiene en Dios su causa última, permanece siempre en el pueblo; la que sostiene que la democracia es el único régimen legítimo; que el sistema de elección debe ser el sufragio universal (manifestativo de una concepción individualista de la sociedad); que es preferible, hoy por hoy, la separación de la Iglesia del Estado; la confusión entre libertades públicas y parlamentarismo; la de que en lugar de enseñar la Religión Católica en las escuelas es preferible enseñar la «religión natural» y tantas otras. En el fondo de todas ellas se mantiene su común denominador: la autosuficiencia del orden temporal.

¡ que arda tu corazón!

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