Actualmente, el «lenguaje evangélico», para muchos que veneran incomparablemente más la libertad de expresión que la ortodoxia, resulta escandaloso y absolutamente inadmisible, es decir, incompatible con la caridad cristiana. P. Iraburu

29-San Pablo-apostol-29

 

Llevo tiempo pensando en nuestra falta de fe, en la mía, pero también en la de aquellos a los que a veces recurro para que me reafirmen en la fe. Intuyo miedo a hablar de la Verdad. El otro día un sacerdote me decía que había que “saber dialogar” para conocer la visión que otros tienen de la verdad…Debo decir que no dejó de escandalizarme . La Iglesia hace tiempo que dejó de ser un referente y entre otras cosas es por el complejo que invade a sus ministros. Hoy todos son pacifistas y dialogantes . No creen que haya nada que defender, es más no ven ninguna batalla. Atrás quedaron los tiempos de los apóstoles que luchaban por el Reino de Dios.

Leamos cómo hablaba San Pablo explicado por el Padre Iraburu:

El Apóstol predica con autoridad divina. San Pablo, como lo declara al inicio de varias de sus cartas, es plenamente consciente de su autoridad evangelizadora: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado al apostolado, elegido para predicar el Evangelio de Dios» (Rm 1,1). Sabe bien que su palabra es Palabra divina, la misma que creó el mundo, la única capaz de re-crearlo y salvarlo: es la voz de Cristo, «el que os oye, me oye» (Lc 10,16). Los apóstoles, pues, «somos embajadores de Cristo, es como si Dios os exhortase por medio de nosotros» (2Cor 5,20; «embajador encadenado», por cierto, Ef 6,20). Por eso elogia a los tesalonicenses: «incesantamente damos gracias a Dios porque al oír la palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, cual es en verdad, y que obra eficazmente en vosotros, que creéis» (1Tes 2,13).

Por otra parte, sabe bien el Apóstol que los hombres entran en el Reino de la gracia de Cristo por «la obediencia de la fe» (Rm 1,5; cf. 10,8-13; 16,26; 2Cor 9,13). Quiso Dios que la humanidad perdida por la desobediencia, se salvara por la obediencia (Rm 5,19). Ahora bien, solo puede darse la obediencia de la fe si los predicadores anuncian el Evangelio con autoridad, con la autoridad divina de Cristo.

Y en este sentido conviene señalar que el notable retroceso actual del Evangelio en la humanidad (cf. Juan Pablo II, Redemptoris missio 1990, 2-3) se debe principalmente a que muchísimos predicadores, afectados por una cultura democrática-igualitaria, que establece la dictadura del relativismo, no se atreven a predicar el Evangelio a los hombres con la plenitud de la autoridad apostólica.

San Pablo centra en Cristo su predicación. No recorre el mundo y se juega la vida para predicar «valores», no es tan tonto como para eso. A los corintios, amantes del saber y de la oratoria, como buenos griegos, les confiesa: «yo nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 2,2). «Los Apóstoles no cesaban todo el día de enseñar y anunciar a Cristo Jesús» (Hch 5,42). Pablo no salió de Tarso al mundo sino para predicar a Jesús, el único nombre que nos ha sido dado bajo los cielos, como dice San Pedro, en el cual podemos ser salvados (Hch 4,12). Todos los predicadores que no centran su palabra en Cristo están perdiendo el tiempo miserablemente. Más aún, están engañando al pueblo.

El mismo Cristo le dice a Saulo: «Yo te envío [a los gentiles] para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás al de Dios, y reciban la remisión de los pecados y la herencia de los debidamente santificados por la fe en mí» (Hch 26,17-18).

El Evangelio del Apóstol es clarísimo, no se anda con rodeos ni eufemismos. «Vosotros estabais muertos por vuestros pecados, siguiendo el espíritu de este mundo, bajo el príncipe de las potestades aéreas, sujetos al espíritu que actúa en los hijos rebeldes, siguiendo los deseos de vuestra carne [mundo-demonio-carne], siendo condenados a la ira, igual que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, nos dió vida por Cristo: por gracia habéis sido salvados» (cf. Ef 2,1-5 abreviado). Estábamos «esclavos» de diablo-mundo-carne, y Cristo nos ha hecho libres, «siervos de Dios» (Rm 6,19-23).

En la carta a los Romanos da San Pablo una síntesis doctrinal perfecta sobre la salvación de la humanidad pecadora. Todos los paganos son una masa de pecadores «inexcusables», que incluso se glorían de sus pecados (1). Y todos los judíos también son pecadores, y más aún los que se tienen por justos (2). «Judíos y gentiles nos hallamos todos bajo el pecado. No hay un justo, ni siquiera uno» (3,10-11). Pero Dios, por el inmenso y gratuito amor que nos tuvo en Cristo, por la fe en Él, nos ha ofrecido gracia y salvación, de tal modo que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (5,20). Ahora bien, no se trata de una salvación en Cristo automática: es preciso recibir libremente esa gracia, dejarse mover por ella a una vida nueva, ya que «Dios dará a cada uno según sus obras; a los que con perseverancia en el bien obrar buscan la gloria, el honor y la incorrupción, la vida eterna; pero a los contumaces, rebeldes a la verdad, que obedecen a la injusticia, ira e indignación» (2,5-8). Por eso, «no os engañéis: ni fornicarios, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni sodomitas, ni ladrones, ni avaros, ni ebrios, ni maldicientes, ni rapaces poseeerán el reino de Dios. Y algunos esto erais, pero habéis sido lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1Cor 6,9-11).

Evangelio claro y fuerte, que declara una diferencia neta entre fieles e infieles. «Si nuestro Evangelio sigue velado, es para los incrédulos, que van a la perdición, cegados por el dios de este mundo, para que no brille en ellos la luz del Evangelio, de la gloria de Cristo» (2Cor 4,3-4). Los fieles cristianos, por el contrario, han de ser «irreprensibles, hijos de Dios sin mancha, en medio de esta generación mala y perversa, entre la cual aparecéis como antorchas en el mundo, que llevan en alto la palabra de vida» (Flp 2,15-16). Por tanto, «no os unáis en yunta desigual con los infieles. ¿Qué consorcio puede haber entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunidad entre la luz y las tinieblas?… ¿Qué parte entre el creyente y el incrédulo? ¿Qué concierto entre el templo de Dios y los ídolos?» (2Cor 6,14-16).

Lenguaje lleno de amor. Una elocuencia amorosa como la de San Pablo no la hallamos en todo el Nuevo Testamento. A los cristianos de Filipos: «siempre que me acuerdo de vosotros doy gracias a mi Dios; siempre, en todas mis oraciones, pidiendo con gozo por vosotros, desde el primer día hasta ahora… Os llevo en el corazón… todos vosotros sois participantes de mi gracia. Testigo me es Dios de cuánto os amo a todos en las entrañas de Cristo Jesús» (1,3-8), «hermanos míos amadísimos, a quienes tanto deseo ver, mi alegría y mi corona» (4,1). Adviértase que el recuerdo continuo que el Apóstol tiene de los cristianos que ha engendrado en Cristo es siempre un recuerdo-oración, no un mero recuerdo vacío, lleno solo de sentimiento (cf. Ef 1,16).

A los de Tesalónica: «habéis venido a ser ejemplo para todos los fieles de Macedonia y de Acaya» (1Tes 1,7); «llevados de nuestro amor por vosotros, queríamos daros no solo el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias almas: tan amados vinisteis a sernos» (2,8). Por noticias traídas por Timoteo, «vivimos ya ahora sabiendo que estáis firmes en el Señor. ¿Pues qué gracias daremos a Dios por todo este gozo que por vosotros disfrutamos ante nuestro Dios, orando noche y día con la mayor instancia por ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe?» (3,8-10). Hasta a los cristianos de Corinto, que le dieron tantos disgustos, les dedica palabras de amor: «doy gracias a Dios continuamente por la gracia que os ha otorgado en Cristo Jesús, porque en Él habéis sido enriquecidos en todo» (y enumera los muchos carismas que hay en ellos, 1Cor 1,4-8). «Hijos míos carísimos», tendréis muchos pedagogos, pero «no muchos padres, que quien os engendró en Cristo por el Evangelio fui yo» (4,14-15). «Mi amor está con todos vosotros en Cristo Jesús» (16,24). Al final de sus cartas, San Pablo suele dirigir saludos muy cordiales, a veces largos, a la comunidad y a ciertas personas concretas: han de saber que todos están grabados en su corazón (Rm 16; Col 4,10-18; etc.)

Especialísimo amor expresa San Pablo por su colaboradores en el apostolado evangelizador: Timoteo, Tito, Epafrodito, Lucas, «el amado médico», Tíquico, Onésimo, etc. (Flp 2,19-30; Col 4,7.14; 2Tim 4,11; etc.). Con palabras conmovedoras elogia sus heroicos servicios a Cristo y a las Iglesias, y pide para ellos el amor más grande y servicial. En cambio, se queja a veces: «Demas me ha abandonado, por amor de este siglo» (2Tim 4,10), y «Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal. El Señor le dará la paga según sus obras. Tú guárdate de él, porque ha mostrado gran resistencia a nuestras palabras» (4,14-15).

Lenguaje a veces duro con los fieles. El amor a los cristianos no frenaba en San Pablo la severidad apostólica que a veces necesitaban para mantenerse fieles. Recordaré solo algunas palabras suyas muy fuertes, dirigidas con todo amor a los fieles de Corinto, siempre divididos en facciones, y tantas veces contagiados por los pecados del mundo degradado en que vivían.

Sois «como niños en Cristo», y cuando os visité solo pude daros leche espiritual, no alimento sólido; porque todavía sois carnales, vivís a lo humano, andáis llenos de divisiones (1Cor 3,1-5). Por otra parte, «es ya público que reina entre vosotros la fornicación, y tal fornicación como no se da ni entre los gentiles» (5,1). Excomulga a uno, y «lo entrega a Satanás», a ver si así se convierte (5,4-5); y más tarde lo recibe de nuevo en la comunidad, «para perdonarle y consolarle, no sea que se vea consumido por una excesiva tristeza» (2Cor 2,5-11). Les avisa a los corintios que vayan preparándose a la obediencia para cuando les visite de nuevo, «porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas por Dios para derribar fortalezas, destruyendo consejos y toda altanería que se levante contra la ciencia de Dios, doblegando todo pensamiento a la obediencia de Cristo, prontos a castigar toda desobediencia y a reduciros a perfecta obediencia» (10,4-6).

Lenguaje muy duro contra los letrados herejes. Ya Cristo lo había anunciado: «saldrán muchos falsos profetas y extraviarán a mucha gente» (Mt 24,11; cf. 7,15-16; 13,18-30. 36-39). Y efectivamente, las primeras comunidades cristianas sufrieron una persecución muy grande no solo por parte de los judíos y de los paganos, sino aún más terrible de los «hermanos» cristianos falsificadores del cristianismo: ésa fue entonces sin duda –como lo es ahora– la acción diabólica más fuerte contra la Iglesia. Los escritos de los Apóstoles –San Pedro (2 Pe 2), Santiago (3,15), San Judas (3-23), San Juan (Ap 2-3; 1Jn 2,18.26; 4,1)– reflejan frecuentemente esa situación, y tratan a los teólogos cristianos herejes y cismáticos con palabras tan terribles como las usadas por Cristo contra letrados y fariseos. Actualmente, este «lenguaje evangélico», para muchos que veneran incomparablemente más la libertad de expresión que la ortodoxia, resulta escandaloso y absolutamente inadmisible, es decir, incompatible con la caridad cristiana.

San Pablo, como los otros Apóstoles, dedica en sus cartas fuertes y frecuentes ataques contra los falsos doctores del Evangelio, y los denuncia haciendo de ellos un retrato implacable. «Resisten a la verdad, como hombres de entendimiento corrompido» (2Tim 3,8), son «hombres malos y seductores» (3,13), que «no sufren la sana doctrina, ávidos de novedades, que se agencian un montón de maestros a la medida de sus propios deseos, y hechos sordos a la verdad, dan oído a las fábulas» (4,3-4). Ellos «pretenden ser maestros de la Ley, cuando en realidad no saben lo que dicen ni entienden lo que dogmatizan» (1Tim 1,7; cf. 6,5-6.21; 2Tim 2,18; 3,1-7; 4,15; Tit 1,14-16; 3,11). Son «individuos tramposos, consumados en las estratagemas del error» (Ef 4,14; cf. 2Tes 2,10-12), y «su palabra cunde como gangrena» (2 Tim 2,17).

Y si al menos revolvieran sus dudas en su propia intimidad… Pero todo lo contrario: les apasiona la publicidad, dominan los medios de comunicación social mundanos –que se les abren de par en par–, son «muchos, insubordinados, charlatanes, embaucadores» (Tit 1,10)… ¿Qué buscan estos hombres? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Prestigio?… En unos y en otros será distinta la pretensión. Pero lo que ciertamente buscan todos es el éxito personal en este mundo presente (Tit 1,11; 3,9; 1Tim 6,4; 2 Tim 2,17-18; 3,6). Un éxito que normalmente consiguen. Basta con que se distancien de la Iglesia o que la denigren para que el mundo les garantice el éxito que desean. Y es que «ellos son del mundo; por eso hablan el lenguaje del mundo y el mundo los escucha. Nosotros, en cambio, somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha a nosotros, quien no es de Dios no nos escucha. Por aquí conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error» (1Jn 4,5-6; cf. Jn 15,18-27).

Reforma o apostasía. Estamos hoy demasiado lejos del lenguaje de Cristo y de los Apóstoles. El Espíritu Santo, si nos mantenemos en nuestro lenguaje oscuro y débil, no cambiará la faz de la tierra, acrecentando en las naciones el Reino de Dios. Quiera Dios aumentar el número de los fieles que «perseveran en escuchar la enseñanza de los Apóstoles» (Hch 2,42) y que son capaces de confesar a Cristo delante de los hombres (Mt 10,32).

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