Esta libertad ya nada tiene que ver con la libertad cristiana ni con la libertad metafísica, y es la libertad que proclamará la trilogía masónica: «libertad, igualdad, fraternidad».

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Seguimos leyendo a Caturelli.

Autosuficiencia absoluta

La autosuficiencia conlleva, como es lógico, un nuevo concepto de «virtud», y un redescubrimiento muy significativo de la libertad, de la «igualdad» entre los hombres y de la «fraternidad» humana. La moral se ha vuelto naturalista debido a la autosuficiencia del mundo del hombre (ya sea ateo, deísta o «cristiano») y la norma moral se identifica ya con la utilidad, ya con el sentimiento (Shaftesbury) de modo que la virtud apenas se presenta como un vago amor al orden y belleza del cosmos bajo la sombra del Arquitecto del Universo (el mismo Shaftesbury); la norma moral y la misma religión se reducen a un abstracto «amor a la humanidad» (Mon-tesquieu, D’Alembert), y la virtud, que ha dejado de ser el hábito operativo bueno que perfecciona a la persona en orden a su fin último, es ahora un vago hábito de las «buenas acciones» (Condillac) según la «naturaleza» que, en Rousseau, no pasa de ser la manifestación de la «bondad innata» de la naturaleza humana. Como se ve, pese a las grandes diferencias, la autonomía de la moralidad reconoce siempre (desde el vago amor a la «humanidad» hasta la «emancipación» kantiana del hombre) la autosuficiencia del orden temporal.

El fin de la virtud moral no es, pues, la perfección de la persona sino el bien-estar del individuo, y el antiguo desasimiento de los bienes de este mundo es reemplazado por cierto ascetismo del burgués «honrado», que puede acumular riquezas en un mundo que es definitivamente su morada. Allí, en esta «su» morada, solamente hay ricos y pobres y, cuando es cristiano, ya no se siente molesto por esta situación: «El burgués –sostiene Groet-huysen–, no es, sin duda, un pecador; pero tampoco es un santo;… apenas parece sentir inclinación alguna a llegar a ser jamás un santo» (op. cit., p. 300). De todos modos Dios no se entromete más en la vida cotidiana: le basta con ser el creador del «mundo». Entre el orden sobrenatural («la religión de mi mujer», diría nuestro Sarmiento) y su mundo, sobre todo el de los negocios y el de la política, no existe relación alguna.

Desde esta perspectiva, el misterio de la Encarnación carece de sentido (aunque el honrado burgués no piense en ello) porque él no cree, al menos de hecho, que la Redención alcance a todo el orden temporal. El ámbito de la libertad se amplía por un lado y se restringe y desnaturaliza por otro: o se la concibe como espontaneidad total y se convierte en fin de sí misma, o se pasa al extremo opuesto de identificarla con la determinación (Helvetius y los mecanicistas).

Habida cuenta de que la libertad, para la metafísica tradicional, es a la vez facultad de la razón y reside en la voluntad como en su sujeto propio, pues inteligencia y voluntad concurren al acto libre, supone, ante todo, la determinación del bien (objeto necesario de la voluntad). A su vez, la libertad, ya como poder obrar o no obrar (libertad de ejercicio), ya como poder hacer esto o aquello (libertad de especificación), se comporta como medio en orden al bien que es fin. De ahí que poder pecar es defecto de la libertad y ésta no consiste en una suerte de elección ineludible entre bien y mal.

En cambio, en la autosuficiencia del orden temporal inaugurada por el Iluminismo y el espíritu burgués, y habida cuenta del «alejamiento» del Dios cristiano sustituido por el anónimo Arquitecto, la libertad o se convierte con la necesidad cósmica y se niega a sí misma, o se hace ab-soluta convirtiéndose de medio en fin. Esta libertad no «ligada» a nada (absoluta) expresa la plena autosuficiencia del mundo en el cual el hombre se convierte en su Demiurgo.

No es necesario esperar a Feuerbach (basta con los enciclopedistas) para comprobar que no es ya Dios, como último Bien, la regla suprema de la libertad, sino que es el Hombre el Dios del hombre y ante quien cae la autoridad en sus diversos grados. Sin embargo, para muchos no era menester llegar a estos extremos pues la libertad, sin ser absolutamente absoluta (pues este «cristiano» no quiere negar a Dios), es una suerte de medio (de obrar o no obrar, de querer o no querer esto), pero solamente referido a la inmanencia del mundo, porque el hombre es ciudadano de este mundo. Esta libertad ya nada tiene que ver con la libertad cristiana ni con la libertad metafísica, y es la libertad que proclamará la trilogía masónica: «libertad, igualdad, fraternidad».

Inmanentismo absoluto

El «principio» de inmanencia está en desarrollo y la libertad, ya plenamente absoluta, ya absoluta en el orden temporal, supone un cambio radical en la idea de igualdad. Mientras para el pensamiento católico los hombres son esencialmente iguales en cuanto son hombres, y consti-tutivamente desiguales (por modo de accidente), inaugurando las naturales jerarquías, para el progresismo iluminista la igualdad debe interpretarse como igualación de singulares ya que el hombre es su propio demiurgo.

Esta pseudo-igualdad que, en el fondo, es destructiva de la verdadera igualdad esencial y desigualdad constitutiva, tiene una profundísima influencia en el individualismo político liberal y en la futura política de «masas» y es contradictoria con la libertad cristiana. Por fin, tanto la libertad como fin cuanto la igualación autosuficiente (o igualdad iluminista) invierten por completo la idea cristiana de fraternidad; mientras la fraternidad cristiana (única fraternidad que ha existido y existe en el mundo) se funda en la reconciliación de todos con Dios por la mediación de Cristo (primogénito de una comunidad de hermanos, los hombres), la «fraternidad» liberal sólo se dice por denominación extrínseca y como supresión de las diferencias, y por relación a una «humanidad» abstracta que, como universal lógico, es inexistente en concreto. En el fondo, la «fraternidad» así concebida es la misma negación concreta del prójimo al cual se ha sustituido por un «otro» lejano con el cual, cuanto más, llegaré a tener una suerte de contigüidad más o menos hostil. Mientras la fraternidad cristiana implica el amor como don a cada hombre concreto, desde los más próximos a los más lejanos (todos hermanos), en el secularismo iluminista la «fraternidad» en lo abstracto implica la progresiva nadificación de la familia (la primera comunidad de amor), y la eliminación de la patria como el todo de orden de todos los bienes de esta comunidad concreta.

No me interesa que, más tarde, algunos católicos hayan querido ver en esta «fraternidad» la fraternidad cristiana. Su error no puede ser más profundo y más contradictorio. Aunque se haya dicho, con verdad, que el lema «libertad-igualdad-fraternidad» ha sido robado al Cristianismo y vaciado de contenido, es más verdadero todavía afirmar que el contenido de este trigrama es contrario al orden natural (en el plano metafísico) y esencialmente anticristiano (en el plano sobrenatural).

Es lógico que esta concepción del hombre –común denominador de todos los «liberalismos»– alimenta en su seno el naturalismo y el racionalismo, el racio-nalismo y el irracionalismo, el individualismo y la posibilidad del socialismo, la auto-suficiencia del pensamiento y la igualación de todas las religiones, la disolución de la familia (sustituida por el «amor libre» de los iluministas) y el permisivismo moral. En pocas palabras, estamos ante una verdadera concepción del mundo que, en el orden práctico, implica una concepción del orden político-social.

¡ que arda tu corazón!

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