La fe ,al hombre burgués,le parece peligrosa cuando no se mantiene dentro de ciertos límites. Groethuysen

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El liberalismo como concepción del mundo

Se ha visto en el análisis anterior que la autosuficiencia del orden temporal es el carácter común de los antecesores del liberalismo moderno. Más adelante se verán las diferencias –a veces muy pronunciadas– y los matices entre los «liberalismos». Por ahora es importante retener que el significado del término que designa esta realidad no debe ser separado de su savia histórico-doctrinal pues lejos de aclarar las cosas introduciría más confusión. Al menos ya sabemos algo: que el liberalismo no es sólo un régimen político ni una economía –que son sus efectos lógicos– sino una visión del mundo; quiero decir, una visión de la totalidad de la realidad. Por eso, a través de la intrincada maraña de los «liberalismos» es perfectamente posible indicar las líneas esenciales de una doctrina general acerca de la realidad como tal, del hombre, de Dios, de la historia y de la vida social.

(…)

 

Dios pierde su carácter cristiano sin ser explícitamente negado como impersonal Causa suprema dentro de los límites de la razón natural; de este modo, la patria del hombre es este mundo temporal del que Dios discretamente se ha alejado. Algunos, como Toland, o como Voltaire, negarán la misma existencia del orden sobrenatural; otros, en cambio, sin negarlo, sostendrán la autosuficiencia del mundo temporal respecto de un Dios que deja que el hombre haga su propio destino. De todos modos, la relación del hombre con Dios, como ya se vio al considerar la Reforma protestante, se recluye en la conciencia subjetiva y abre el camino ya al racio-nalismo sin misterios, ya al irracionalismo voluntarista que reaparecerá fuertemente en el siglo XIX.

De la cristiandad medieval a la Ilustración liberal

Por ahora, el todo se «explica» en los límites de la razón cuyas «luces» (Aufklä-rung) se oponen a las «tinieblas» de una inteligencia que asiente a la Fe como en la Edad Media (la «edad oscura»).

Respecto de Dios se siguen tres actitudes:

O simplemente no existe (Helvetius, Holbach, La Mettrie) y el mundo del hombre no está ligado a nada ab-soluto;

o se trata apenas del impersonal «Arquitecto del universo» (Voltaire, D’Alembert, Fran-klin) que deja ser al hombre una suerte de demiurgo de este mundo;

o se trata, todavía, del Dios cristiano respecto del cual se ha puesto especial cuidado en tenerlo «separado» de este mundo (protestantes, Kant, más tarde Lamennais).

Los tres grados posibles vienen a coincidir en el autonomismo del mundo temporal.

Es característico de esta nueva actitud negar explícitamente, o de hecho, el carácter sagrado del universo y, en sus tres niveles, se niega que la cristiandad medieval haya sido «humanista» en el sentido de haber sostenido los valores humanos en sí mismos. El teísmo medieval es, en el fondo, negador del hombre y el mundo; ahora el mundo se ha independizado: en él ya no moran ni Dios ni el diablo y el milagro carece de sentido.

Por eso, este hombre, aunque siga siendo «cristiano», ha abierto un ámbito propio, para sí mismo, en el que su fe carece de vigencia y de «encarnación»; en el mejor de los casos, su fe ya no es más «nuestra» fe, sino «mi» fe, subjetiva, individualista; el Cuerpo Místico, en verdad, carece de significación precisamente en cuanto «cuerpo» y la Iglesia aparece a sus ojos como mera «congregación» de fieles, yuxtaposición o adición de singulares.

Agudamente observa Groethuysen: «la fe [al hombre burgués] le parece peligrosa cuando no se mantiene dentro de ciertos límites, y en el fondo le es ingrato que le pongan demasiado delante de los ojos lo que no puede negar en tanto sigue considerándose como católico. Por eso precisamente parece también necesario que no se exponga la capacidad de resistencia de su fe a una prueba demasiado dura»1.

 

En estas condiciones es lógico que pase a primer plano lo que el hombre «ilustrado» denomina «naturaleza», sobre todo desde el momento en que el hombre se debe a sí mismo y sólo se ordena a sí mismo todo cuanto haga en este mundo. Entre él y Dios existe una suerte de «convenio» por el cual Dios se ha comprometido a no entrometerse con él y el hombre con Dios a Quien ha resuelto dejar «tranquilo». Esto en el mejor de los casos («separación» entre el orden natural y el orden sobrenatural) porque tanto en el ateísmo como en el deísmo el problema ha sido resuelto de modo mucho más tajante.

De ahí que el hombre burgués quiera «explicarlo» todo desde la naturaleza (na-turalismo) y que se afiance cierta abso-lutidad de la ciencia empírica a la que comenzará a escribir con mayúscula: la Ciencia. Esto es así porque en el mundo autosuficiente, la Naturaleza devela sus enigmas sólo a la Ciencia que garantiza un Progreso sine fine. No hay que esperar al marxismo para afirmar que ya no tiene mucho sentido la contemplación y la pura reflexión que deben ceder el paso a la acción pues, para el hombre, como decía Voltaire, no estar «ocupado» es lo mismo que no existir.

De esa actitud fundamental se siguen dos consecuencias inmediatas: el ámbito de autosuficiencia conlleva, por un lado, la autonomía de la conciencia moral y, por otro, la re-valoración de los bienes de este mundo. Mientras en el siglo V, San Agustín miraba con desconfianza a los negociantes que traficaban y ganaban sobre el trabajo de los demás, ahora el hombre liberal debe negar el otium en el altar del neg-otium, y como este ámbito es autosuficiente puesto que Dios no se entromete en él, tiene sus propias reglas: la moral cristiana ha quedado recluida en la casa, acoqui-nada en la «moral» de su mujer, cuya honestidad custodia, y nada tiene que ver con el mundo autosuficiente de los negocios de este mundo.

Por otro lado (segunda consecuencia) mientras los valores económicos no trascendían, en la cristiandad de la «edad oscura», del grado de los bienes útiles en orden al bien común, ahora saltan al primer plano y deben ser acumulados en cuanto fuente de poder intramundano (capitalismo). Si es así, solamente en este mundo el hombre encontrará su Felicidad (también con mayúscula), sin negar quizá la futura, puesto que el dios del liberal «honesto» es un Negociador prudente, sobre todo si se tiene tiempo suficiente para «arreglar cuentas» con Él en el trance de la muerte.

¡ que arda tu corazón!

 

(1)La formación de la conciencia burguesa en Francia del siglo XVIII, trad. de J. Gaos, México, Fondo de Cultura Económica, 1943, p. 47.

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