Con el protestantismo el mundo, si se me permite la expresión, se «mundaniza» del todo y la religión se enclaustra en la subjetividad de la conciencia.

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Cuánto discurso vacío. Cuánto materialismo en la mente católica. Cuánta influencia del voluntarismo, del hombre que se hace a sí mismo, que se mira a sí mismo y evita mirar a Dios. La sacralidad del mundo deja de tener sentido. Todo se mundaniza. El materialismo se apodera del espíritu del hombre.

Seguimos hablando de liberalismo de la mano de A. Caturelli

Protestantismo

La grieta abierta en la Cristiandad se convierte en ruptura con el Protestantismo. Sólo un voluntarismo nominalista (…) permite afirmar en teología que el libre albedrío (potencia de obrar o no obrar o de obrar de esta o esta otra manera) sólo es libre para el mal. Siendo el mal sólo defecto (ausencia de bien y fatal no orientación de la voluntad al bien) es contradictorio sostener en filosofía que sólo hay libre albedrío para el mal. Sea esto lo que fuere, la afirmación fundamental de Lutero de que, después del pecado, «el libre albedrío está cautivo y reducido a servidumbre», implica que el hombre «no es libre salvo para el mal». De hecho, entonces, el hombre no es libre pues su libre albedrío «está muerto». Por eso las obras «nada aportan… para la justificación»6 y la naturaleza humana como naturaleza está aniquilada. No en vano Lutero había recibido una formación occamista en la Universidad de Erfurt y más tarde, en sus estudios teológicos, bajo el influjo del mayor nominalista del siglo XV, Gabriel Biel, sin olvidar al propio Occam y a Gregorio de Rímini.

Las consecuencias inmediatas se siguen rigurosamente pues la sacralidad del mundo deja de tener sentido. El mundo, si se me permite la expresión, se «mundaniza» del todo y la religión se enclaustra en la subjetividad de la conciencia.

Magníficamente expresa sus consecuencias político-sociales Federico Wil-helmsen: «El equilibrio entre las obras y la fe, predicado por la Iglesia, se rompió, y con ello se rompieron todos los enlaces que hacían posible una vida social y política con justicia y dignidad»; más aun: «si la naturaleza humana no vale nada, tampoco vale la razón, puesto que la razón pertenece al hombre. Si la razón no vale nada, el hombre no puede descubrir las leyes de la política y de la vida ética. Por lo tanto, la justicia, salvo la justicia puramente divina, se reduce a un mito»*. (…)

Por un lado este abismo interior del hombre y, por el otro, la trascendencia absoluta de Dios; en el medio, las obras que no sirven para alcanzar la salvación sino como signos de la elección; de donde se sigue, como lo ha puesto de relieve Max Weber, que «el calvinista crea por sí mismo su propia salvación»9 y transforma el ascetismo sobrenatural católico «en una ascesis puramente “profana”, terrenal». Esto favorece la acumulación de riquezas (capitalismo) y facilita el nacimiento del «hombre económico» del liberalismo capitalista y pone el fundamento del self made man. El trabajo (transformación del mundo) supone, al mismo tiempo que la negación de la ley natural, la autonomía del mundo de las obras; es decir, del mundo del hombre. La sociedad, constituida de soledades juntas, abismos frente a Dios, es suma de soledades y la comunidad política pierde su carácter orgánico.

Nuevamente dejo la palabra a Wilhel-msen: «Con la repulsa del valor sacra-mental de la realidad vino la negación de la bondad de la materia, y, de esto, la negación de María, principio de la mediación. El universo llegó a ser nada más que la materia prima del mancheste-rianismo, un universo bueno solamente para explotar y martillear, a fin de lograr lo severamente útil, y nada más. El hombre se abandonó a la búsqueda de los bienes de esta vida. Un materialismo se apoderó del espíritu europeo». Por eso, «el liberalismo es el hijo del calvinismo y ambos son los enemigos perpetuos de la ciudad católica» (op. cit., p. 50).

Jamás anteriormente –salvo en el pelagianismo, pero en un contexto muy diverso– se había abierto, desde dentro del Cristianismo, tan ancho margen a la autosuficiencia del hombre y de su mundo en el cual la sociedad comienza a aparecer como una yuxtaposición de singulares. Esto era imposible de evitar si se afirmaba, al mismo tiempo, la primacía de la voluntad y el nominalismo radical.

En el plano teológico, Lutero, Calvino y los protestantes fueron consecuentes, aunque parezca paradójico (y así es de hecho), porque esta inicial afirmación de la enfermedad constitutiva de la libertad, hizo a esta misma libertad completamente autónoma en su mundo propio en el cual el poder temporal alcanza su total autosuficiencia. Se confirma la primera afirmación acerca del sentido del «liberalismo» como la concepción del mundo que sostiene la autosuficiencia del hombre y, por tanto, la separación de la razón individual del orden revelado.

¡ que arda tu corazón!

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6Op. cit., nº 25, vol. I, p. 84; cf. también La cautividad babilónica de la Iglesia, I, p. 101; La libertad del cristiano, I, p. 160

7El problema de Occidente y los cristianos, Sevilla, 1964, p. 41.

9Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, trad. de L. Legaz y Lacambra, Madrid, Ediciones Península, 19732, p. 145.

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