Te basta mi gracia» (II Cor XII, 9)

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Seguimos hablando de la doctrina de la gracia, en esta sociedad tan voluntarista y antropocéntricaq ue se basta sola , que no necesita a Dios :

«La gracia santificante es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para curarla del pecado y santificarla. La gracia santificante nos hace agradables a Dios» (3)

La gracia actual, por otro lado, es una forma de actuar especial del Espíritu Santo, un digamos ‘santo codazo amistoso’, para urgirnos a obrar el bien o evitar el mal.

Una vez más, vemos que la respuesta positiva nos hace crecer en gracia santificante, haciéndonos más agradables a Dios y por ello, más cercanos a Él.

La gracia de Dios nunca nos falta; siempre está disponible para nosotros, aun antes de pedirla; más aún, está disponible aun antes de saber que la necesitaremos.

‘Gratia’, en latín, significa don, gracia otorgada, favor que se concede (4) y es una señal constante de la generosidad de la Trinidad Bienaventurada que pone su poder divino a nuestra disposición.

Es importante señalar, sin embargo, que como tal don gratuito nunca nos fuerza ni obliga, es siempre una propuesta de Su amor, pero por ese mismo inmenso amor de Dios para con nosotros y su respeto a nuestra humana dignidad, nos da siempre la capacidad de rechazar el don de su gracia con la libertad de nuestra voluntad.

Ya San Pablo escuchó al Señor decirle: «Te basta mi gracia» (II Cor XII, 9) y así pudo hacer frente a las tentaciones y pruebas con la confianza personificada en su sentir: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp IV, 13).

Los Padres de la Iglesia afirmaban con emoción: Dios se hizo hombre para que el hombre se divinizara (ver CaECa 460). En la Santa Misa, el sacerdote mientras mezcla el agua con el vino reza lo siguiente: «El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana» (5). Estas son afirmaciones valientes, rotundas, claro está pero no confundamos lo que aquí se dice. No se trata de la «New Age» ni de que Shirley MacLane se haya vuelto loca (6). La verdad es que el objetivo fundamental de la Encarnación fue la divinización de la especie humana, capacitándonos para compartir la naturaleza divina.

Tan cercana e íntima como fue la relación entre nuestros primeros padres y su Creador, sin embargo fue una relación exterior. Por medio del misterio de la Encarnación continuamente presente en la Iglesia, nuestra relación por la gracia es una relación interior y así es mucho más profunda. Adán y Eva participaron de la amistad de Dios y nosotros compartimos Su propia vida. Por medio del misterio pascual de Cristo (su Pasión, Muerte y Resurrección) somos hechos hijos en el Hijo (filii in Filio).

Este proceso de filiación divina y deificación se produce principalmente por los sacramentos, de manera que podamos decir que una ’subcategoría’ de la gracia santificante es la gracia sacramental.

En el Bautismo, el Señor hace su primera propuesta amorosa. La asombrosa naturaleza de esta inmerecida gracia se acentúa de manera dramática mientras los niños son bautizados: mucho antes de que seamos radiantes, hermosos, más aún, mientras permanecemos en el estado de pecado original, Dios se acerca a nosotros y nos introduce en Su propia vida.

La Confirmación, nos da la fuerza necesaria para ser fuertes y fieles testigos de Cristo, de Su evangelio y de Su Iglesia, en medio de un mundo descreído y con frecuencia hostil.

Con la Eucaristía, el Sacramento de los sacramentos, somos alimentados con el Cuerpo y la Sangre del Dios-Hombre y en una maravillosa reversión de la naturaleza, ¡el alimento celestial no se convierte en nosotros, sino nosotros en Él!

En el sacramento de la Penitencia, cuando estamos separados parcial o totalmente de Dios, Él de nuevo, se acerca a nosotros con un amor compasivo y misericordioso.

Con el sacramento del Orden, unos hombres son configurados con Cristo, el Sumo Sacerdote, recibiendo el poder del Espíritu Santo para santificar a los demás en Su Nombre y Persona.

El sacramento del Matrimonio capacita a un hombre y una mujer para que reflejen la mejor imagen del amor del Divino Esposo por su Esposa la Iglesia.

Cuando estamos debilitados físicamente, el Espíritu Santo nos da las fuerzas necesarias por medio del sacramento de la Unción de los enfermos.

Deberíamos verlo claramente: la gracia de Dios nos rodea en todos los instantes de nuestro peregrinar terrenal hacia la eternidad. ¡Qué afortunados somos nosotros, los católicos, que disponemos de aquello que otros no tienen y seguramente lo desean!

¡Qué agradecidos necesitamos estar por esta accesibilidad al poder divino y el mejor modo de demostrar gratitud es el recurso frecuente a estas inundaciones de gracia!

Un principio fundamental de la teología dice: «Lex orandi, lex credendi» (Oramos lo que creemos). En otras palabras, lo que creemos se encuentra en nuestras oraciones litúrgicas que, a la vez, nos enseñan la Fe y la refuerzan con regularidad al rezarlas cada año.

Una simple lectura rápida de los «Propios» de las misas de las últimas semanas de la Cuaresma y de la Octava de Pascua nos revela cómo entiende la Iglesia la naturaleza indispensable de la gracia (7).

La oración Colecta del sábado de la IV semana de Cuaresma declara: «…ya que sin tu ayuda no podemos complacerte».

La oración después de la Comunión del viernes de la V semana de Cuaresma, ora: «Este don que hemos recibido, Señor, nos proteja y aleje de nosotros todo mal».

La Colecta del sábado de esta misma V semana pide: «Señor, que concedes a tu pueblo gracias más abundantes en este tiempo de Cuaresma, dígnate mirar con amor a tus elegidos».

Pasando al tiempo de Pascua, tenemos:

Oración después de la Comunión del lunes de la Octava de Pascua: «Te pedimos, Señor, que la gracia del misterio pascual llene totalmente nuestro espíritu».

La misma oración, del Martes de la Octava, reza: «…concede a estos hijos tuyos, que han recibido la gracia incomparable del bautismo…».

Finalmente, el domingo de la Divina Misericordia, la Iglesia se derrite poéticamente, diciendo: «Dios de misericordia infinita que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales; acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido».

Adviértase cómo todas estas oraciones resaltan el papel de la gracia para hacernos hijos de Dios en Cristo y para guardarnos fieles discípulos de Cristo en la consecución de las virtudes cristianas.

Para concluir, una rápida explicación sobre la gracia actual. Dios siempre quiere ayudarnos a hacer el bien y evitar el mal; debemos estar alerta ante la presencia de la gracia.

Del periodista británico Malcom Muggeridge, biógrafo de la Madre Teresa de Calcuta se cuenta una interesante historia. Él estaba enamorado completamente de la Iglesia Católica y de todo lo católico, aunque era anglicano. Esta situación llevó a un periodista a preguntarle: Con todas las cosas hermosas que usted dice siempre de la Iglesia Católica, ¿por qué no se ha convertido usted? El Sr. Muggeridge, piadosamente respondió: «No tengo la gracia».

Muchos años después, casi al final de su vida, el Sr. Muggeridge y su esposa se convirtieron al catolicismo y otro periodista le preguntó: ¿Por qué ahora? Su respuesta, más piadosa aún fue, simplemente: «La gracia».

Yo creo que la Gracia de Dios estuvo realmente allí desde el principio pero el venerable caballero no se apercibió de su presencia. El cazador celestial, sin embargo, nunca deja de seguir a los que ama, ofreciéndoles su gracia, que es a la vez, Su poder y Su vida. Esta realidad es la que hizo exclamar al protagonista de «Diario de un cura rural», de Georges Bernanos, una última y rotunda palabra: «Todo es gracia».

Gracia es la primera palabra que se pronuncia en nuestro favor y será también la última. ¿No es esto lo que San Juan nos enseña en el prólogo de su evangelio: «Pues de su plenitud recibimos todos gracia tras gracia»? (Jn I, 16).

Confío que Pelagio aprendiera y aceptara la necesidad de la gracia antes de comparecer ante el Juez de todos. Así mismo, confío que el Cardenal Kasper llegará a comprender el poder de la gracia de Dios para transformar nuestros débiles esfuerzos humanos en fuerza divina.

Cuando se encuentren frente a sus propias inclinaciones al pecado, pidan la gracia de Cristo, siempre disponible ante nuestra petición. Cuando asistan a otros que vacilan en su peregrinar cristiano, no les digan que es cuestión de firmeza y determinación, o peor, que es inútil luchar; ábranles las puertas al significado de la gracia que nos permite, aquí y ahora, compartir la vida divina.

Peter M. J. Stravinskas, sacerdote

http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=31884

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