Quien pretende ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios.(Sant 4,4).

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Aquellos cristianos que son cómplices del mundo son los más eficaces agentes de la descristianización. Quienes asedian una fortaleza buscan antes que nada la complicidad de los traidores que les abran sus puertas. Es un fenómeno histórico muchas veces repetido, y así es como se ha producido el combate del mundo moderno contra la Iglesia. En efecto, se debe principalmente a los católicos mundanos –liberales, modernis­tas, progresistas, etc.: círculos cuadrados– que «el yugo suave y la carga ligera» de Cristo Rey se haya finalmente retirado de los hombros de los pueblos cristianos, y que éstos se ha­yan visto aplastados por los horrores del naturalismo moderno, en cualquiera de sus espantosas derivaciones. En efecto, durante los siglos XIX y XX han sido normalmente los sinDios o estos cristianos cómplices suyos quienes –con toda naturalidad y como si ello viniera exigido por la paz y el bien común– han gobernado y gobiernan los pueblos cristia­nos, procurando con éxito creciente la ateización práctica de la socie­dad.

Tesis e hipótesis. Es necesario hacer esta distinción muy importante. Entre los católicos mundanos habrá quienes acepten el naturalismo liberal o sus derivados prácti­camente, como un mal menor que conviene tolerar (hipótesis). Pero también habrá otros que lo asuman teóricamente, reconociendo en él un bien que los cristianos deben propugnar (tesis) como verdadera causa evangélica.

Es lo que sucedió, concretamente, con el primer libera­lismo en Francia. En un comienzo, bajo la guía del obispo Du­panloup (1802-1878), predomina el catolicismo liberal de conveniencia, que aún hoy mantienen, como hipótesis práctica y oportuna, algunos seguido­res. Sin embargo, es el catolicismo liberal de convicción, el que desarrolla la tesis del abate Felicité de Lamen­nais (1782-1854), y es ésta la que se afirma históricamente más y más hasta ser hoy, al menos en las clases ilus­tradas, la actitud ma­yoritaria de los cristianos de Occidente. Este libera­lismo católico de convic­ción es el que vincula el Evangelio a las modalidades concretas de las moder­nas libertades y a los diversos me­sianismos seculares. Es el catolicismo ilustrado, al parecer más sabio que la Iglesia, la cual, según los católicos liberales, no entendiendo los signos de los tiempos, ya desde el magisterio de Gregorio XVI, condena pronto como «paridades blasfemas» esas identificaciones, o reducciones, de la salvación a ciertas causas tempo­rales (1832, enc. Mirari vos 1832).

El catolicismo liberal y el catolicismo verdadero ven «el mundo» de muy diverso modo. El católico mundano, por ejemplo, el libe­ral lamennaisiano, exalta con entusiasmo el or­den temporal, todo aquello que el hombre en cuanto criatura es capaz de hacer por sus fuer­zas, como si todo eso, sin más, fuera básicamente «la causa de Cristo». Y al mismo tiempo, acercándose al pelagianismo, reduce a un segundo plano el orden sobrenatural, la necesidad absoluta de la gracia, lo que es don de Dios, la salvación por Cristo, el perdón de los pecados, la elevación a la filiación di­vina, el influjo benéfico necesario de la Iglesia, Mater et magistra de la humanidad. Es la típica inversión del catolicismo li­beral.

–El catolicismo tradicional, el bíblico, ve el mundo como «generación mala y perversa», de la que hay que salvarse, y a la que hay que salvar por Cristo y por la Iglesia (cf. Hch 2,40; Rm 12,2; 2Cor 6, 14-18; Flp 2,15; 1Jn 2,15-16). Considera que el Espíritu divino es el único que da vida, mientras que la carne –y el mundo, que es su expresión social– es débil, y si se cierra en sí misma, no sirve para nada (cf. Jn 6,63; Mt 26,41). Es el talante del catolicismo genuino que, hacia el año 200, se expresaba en Clemente de Alejandría, quien en su obra el Pedagogo, ve en la Iglesia el pueblo «nuevo», el pueblo «joven» (I,14, 5; 19,4), contrapuesto a la «antigua locura», que caracteriza al mundo no-cristiano, viejo y gastado (I,20, 2).

–El catolicismo mundanizado es el polo opuesto: estima que precisamente el mundo. en su continuo desarrollo, es el principio de la renovación de la Iglesia. Y por eso se distancia cuidadosamente de la Iglesia siempre que ella entra en contraste irre­conciliable con el mundo. De todos es conocida esa mentalidad y sus consecuen­cias, pues desde hace decenios es la actitud mayoritaria entre los cristianos descristianizados. Es, simple­mente, la Apostasía de Occidente. El abate Lamennais terminó por abandonar la Iglesia, y ése es el fin de los que siguen su misma tesis, al menos si son sinceros y coherentes.

O la Iglesia es el principio fundamental de la renovación del mundo, o es el mundo el principio renovador de la Iglesia. El catolicismo tradicional, bí­blico y verdadero, afirma lo primero, y el catolicismo mun­danizado liberal lo segundo: son dos posiciones irreconciliables. Y el Vaticano II se pronuncia en esta cuestión, cuando afirma de modo contundente que «si autonomía de lo temporal quiere de­cir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hom­bres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente al­guno a quien se le escape la falsedad en­vuelta en tales palabras» (GS 36c). Pero el catolicismo mundano –liberal, so­cialista, liberacionista o lo que sea– piensa justa­mente lo contrario. Estima, con pleno acuerdo y aplauso de su amigo el mundo, que el mundo secular –el pensamiento y el arte, las instituciones y los modos del poder político, la enseñanza, todo– sólo puede alcanzar su mayoría de edad sacudiéndose el yugo de la Iglesia. Y simétrica­mente, estima que la Iglesia tanto más se renueva y se hace atrayente cuanto más se mundaniza, y por tanto, cuanto más se seculariza y más lastre suelta de tradición católica.

Sólo un ejemplo. El cristianismo mundanizado estima hoy que los Obispos deben asemejar sus modos de gobierno pastoral lo más posible a los usos democráticos vigentes –en Occidente, se entiende–. El cristianismo tradicio­nal, por el contrario, estima que los Obispos, en todo, también en los modos de ejercitar su autoridad sagrada, no deben asimilarse a los políticos del mundo, sino que deben imitar fielmente y sin miedo alguno a Jesucristo, el Buen Pastor, a los apóstoles y a los pastores santos, que han sido cano­nizados y puestos para ejemplo perenne. En efecto, los Obispos antiguos que en tiempos de autoritarismo monárquico se ase­mejaban a los prín­cipes absolutos, se alejaban tanto del ideal evangélico como aquellos otros Obispos modernos que, en tiem­pos de demo­cratismo igualitario se asemejan a los políticos permisivos y oportunistas, mucho más interesados en procurarse los votos que en procurar el bien común del pueblo. Unos y otros Pastores, al mundani­zarse, falsifican lamentablemente la originalidad maravillosa de la verdadera auto­ridad pasto­ral, la entendida al modo evangélico. En un caso y en otro, el principio mundano, configurando una realidad cristiana, la desvirtúa y falsifica.

Es evidente que en ciertas cuestiones accidentales una cierta adaptación de las realidades cristianas a los modos variables de la vida del mundo secular puede ser benéfica y necesaria. Pero esa adapta­ción, en cuanto se refiere a aspectos más profundos, equivale simplemente a una descristia­nización del cristianismo. Y en esa clave, sin duda, ha de interpretarse la descristianización actual de las antiguas naciones cristianas. La sal pierde su sabor y ya no vale para nada. El fermento se masifica y pierde su fuerza para fermentar la masa.

Muchos católicos han ido asumido el naturalismo liberal, en aceleración creciente, hasta nuestros días. Y como consecuencia de esta mentalidad del catolicismo naturalista y modernista, gran parte del pueblo cristiano ha caído en la apostasía, muchas veces sin advertirlo, pues «quien pretende ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios» (Sant 4,4).

Los católicos mundanos son hoy mayoría en Occidente y aceptan ya las tesis del na­turalismo laicista no como hipótesis, por conveniencia o por prudencia, sino como te­sis, esto es, por convicción. Este proceso se da en unos y otros en grados y modos muy diversos. Pero puede de­cirse, en síntesis, que los cris­tianos mundanos han interiorizado los principios liberales que la Iglesia ha conde­nado tan largamente.

Según ellos, los cristianos, dejándose de actitudes militantes o huidizas ante el mundo, deben reconci­liarse con él, adaptándose en mentalidad y costumbres. Así, la Constitución política debe prescindir de Dios –aun en el caso de que la gran mayoría del pueblo sea creyente–, y el Estado no ha de tener otro fundamento que el hombre, sea éste el partido omnisciente, sea la voluntad mayoritaria, abandonada a sí misma o, lo que es mucho más común, manipulada por unos pocos. Esto es, sin duda alguna, lo más conveniente para «la paz». Y para el bien común de la sociedad lo bueno es que las leyes, en vez de apoyarse en Dios y en la ley natural, procedan simplemente de la mayoría de los votos –legalizar lo que está en la calle, o lo que se finge que está en ella– o de la decisión del partido in­falible. A primera vista, puede parecer que tal planteamiento simplifica enormemente las cosas; pero en realidad lleva a las naciones a una ruina desoladora.

Así pues, la mayoría de los cristianos se ha su­mado a la empresa de edificar un mundo sin refe­rencia alguna a Dios, deponiendo toda resistencia. A su juicio, al menos en todo lo referente a la vida social y política, es me­jor así. Más aún, es algo necesario, al menos si se quiere que los cristianos, deponiendo los nefastos enfrentamientos pasados con el mundo, influyan de verdad en el mundo. Y aún es más ne­cesario, concretamente, si quieren evi­tar de una vez por todas «el odio del mundo», que les viene siguiendo desde la Cruz del Calvario (Jn 15,18-21). No debe, pues, la Iglesia procurar que Cristo reine sobre las sociedades, porque sólo conseguiría con esa pretensión enfrentarse con el mundo y hacerse odiosa, merecedora de persecución. Edificar el mundo sobre Dios no trae sino alienaciones del mundo visible, o divisiones, guerras y sufrimientos. En cambio, construir el orden mundano sobre el hombre, sobre la razón, sobre los valores humanitarios universales, eso es lo único que asegura la paz y el bien común de los pueblos. La historia, la realidad de los hechos, demuestran ampliamente lo contrario; pero no importa.

Fuera del Magisterio apostólico o de algunas voces integristas, en los últimos decenios apenas se alzan ya autores católicos que denuncien los errores y los ho­rrores del natura­lismo liberal, en cualquiera de sus diversas formas, pues éste, aplicándose en forma gene­ralizada, de tal modo ha invadido la mayoría de las mentes, que es considerado como un fenómeno histórico irreversible… Así se presentaba el marxismo, como una renovación del mundo social sin posible vuelta atrás. Que en paz descanse.

Por el contrario, Juan XXIII, en la encíclica Mater et magistra, de 1961, enseña que «la insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios, y querer exaltar la grandeza del hombre, cegando la fuente de la que brota y se alimenta, esto es, obstaculizando y, si fuera posible, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios» (217). Y en 1965 el Cardenal Jean Daniélou afirmaba en su libro L’oraison, problème politique (Fayard, París), que la religiosidad pertenece a la naturaleza humana, de tal modo que construir la ciudad política sin Dios es algo contra naturam, algo que necesariamente tiene que producir efectos espantosos. En esa ciudad irán creciendo no hombres, sino monstruos. Y da otro aviso grave: «A nuestro juicio, son hoy demasiados los cristianos que aceptan la yuxtaposición de una religión personal y de una sociedad laica. Tal concepción es ruinosa para la sociedad y para la religión» (7). De todo esto he hablado ya ampliamente en este blog, en la serie Católicos y política (95-125).

La apostasía de gran parte del pueblo cris­tiano se ha producido ante todo en términos de mundanización, a la que se ha llegado en buena parte a causa del semipelagianismo, generalizado entre los católicos en los últimos siglos. Ya traté de esta cuestión (195). En la época primera de los mártires, y también durante el milenio medieval, la ver­dadera doctrina de la gracia era la más común entre los cristianos, la doctrina de San Pablo, San Agustín, Santo Tomás. Pero a partir del 1600, más o menos, un voluntarismo semipelagiano, con variantes teóricas diferentes,ha ido siempre creciendo hasta nuestros días. Lorenzo Cappelletti, en un ar­tículo sobre la Concordia de Molina (1589), escribía: «esta doctrina, que tras atravesar cuatrocientos años parece pre­dominar hoy en los católicos, era entonces considerada [cuando se propuso por vez primera] tanto por la es­cuela agustiniana como por la tomista (es decir, por todos), inusitada y contraria a la tradición» (30 Días, nº 80, 1994).

Ahora bien, si se piensa que la introducción del Reino en el mundo se hace en parte por la fuerza de Dios y en parte por la fuerza del hombre, los cristianos, ló­gicamente, procurarán evitar por todos los medios el martirio, es decir, procurarán evitar –no sólo en la práctica, sino incluso en el pensamiento– todas aquellas actitudes ante el mundo que pudieran debilitar o suprimir su parte humana activa por marginación o despresti­gio social, cárcel o muerte. Y por este camino tan razonable, que elimina de la vida cristiana su dimensión martirial, se va llegando, casi insensiblemente, a silen­cios y complicidades con el mundo cada vez mayores. Cesa entonces la evangelización de las personas y de los pueblos, cesa la cristianización de la cultura y de las instituciones y leyes políticas. (¡Así actúan quienes, en la estela del Vaticano II, decían estar empeñados en impregnar de Evangelio todas las realidades temporales!… ) Y cae el pueblo cristiano en la apostasía.

Se ha consumado en nuestro tiempo la apostasía de las naciones cristianas ricas de Occidente. El Renaci­miento, aunque admira la antigüedad pagana y da comienzo al menosprecio sistemático del pasado cristiano, aún acepta la Iglesia de Cristo. La Reforma protestante rechaza la Iglesia, pero admite a Cristo. La Ilustración rechaza la Iglesia y Cristo, pero dice creer en el Dios del deísmo, que no interviene para nada en la historia del mundo. El Liberalismo que le sigue, y sus hijos liberales y socialistas, marxistas o nazis, no cree en la Iglesia, ni en Cristo, ni en Dios; sólo en el hombre. Finalmente, la Apostasía actual no cree ya ni en la Iglesia ni en Cristo, ni en Dios ni en el hombre.

Queda un Resto de fieles, recogido por Dios en ciertas Arcas, que logran flotar en medio del Diluvio universal.

http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/1211061008-197-descristianizacion-3-cato

4 comentarios

  1. Ahora entiendo eso de “y por el exceso de la maldad se enfriará la caridad de muchos;” a pesar de que todo el mundo es tan sociable.
    Hay que perseverar en la Caridad con Verdad.

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