Carta de Próspero de Aquitania a Rufino sobre la gracia y el libre albedrío(3)

AquitaniaCarta_200616

 

Capítulo 5. TEXTOS DE LA SAGRADA ESCRITURA QUE USAN MAL LOS PELAGIANOS
6. Los pelagianos apoyan su doctrina en los testimonios de la Sagrada Escritura. Pero no los emplean adecuadamente. Porque para probar una definición, las pruebas alegadas no deben tomarse en otro sentido, apartándose de la regla e interpretación común. Aplican al libre albedrío esta expresión del Evangelio: Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré; tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave, y mi carga ligera 3. Aplican estas palabras a todos los hombres que trabajan en el decurso de esta vida y que están cargados de pecados, diciendo que quienes quieran imitar la mansedumbre y la humildad del Salvador, encontrarán descanso para sus almas en la esperanza de la vida eterna, y los que no quieran obrar así, se perderán por su culpa, pues si lo hubieran querido, se habrían salvado. Pero esos herejes deberían oír estas palabras que dice el Señor al libre albedrío: Sin mí nada podéis hacer 4, y nadie viene a mí, si no le trajere el Padre que me ha enviado 5; nadie puede venir a mí, si no se lo concede mi Padre; como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así da la vida a quien le parece bien 6. Y en otro lugar se dice que nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo revelare 7.

Esos textos expresan una verdad fundamental, sin que puedan ser entendidos en otro sentido. ¿Pues quién dudará de que el libre albedrío obedece a la voz del que le llama, cuando la gracia de Dios suscita en él el deseo de creer y de obedecer? De lo contrario, el hombre sólo tendría necesidad de ser amonestado, y no sería necesario formar en él una nueva voluntad, según estas palabras de la Sagrada Escritura: la voluntad es preparada por el Señor 8, y también según el dicho de San Pablo de que Dios obra en nosotros el querer y el ejecutar, según su beneplácito 9. ¿Qué es ese beneplácito? ¿No es lo que Dios obra en nosotros, a fin de que habiendo dado el querer, dé también el hacer?

Capítulo 6. EL EJEMPLO DEL CENTURIÓN CORNELIO ALEGADO POR LOS ADVERSARIOS

7. Para probar el poder del libre albedrío, los adversarios citan el ejemplo del centurión Cornelio; que antes de recibir la gracia divina, ya era un hombre religioso y temeroso de Dios, y se dedicaba por su propia voluntad a hacer limosnas, a los ayunos y a la oración; y así Dios dio testimonio a sus obras, y le concedió el don de la regeneración. Pero no comprenden que esas buenas disposiciones de Cornelio ya eran un don de la gracia. En efecto, cuando San Pedro tuvo la visión, en la que veía toda clase de animales, y en la que se indicaba que debía bautizar a Camelia, y enseñar a todas las naciones, como San Pedro no quería violar la ley judía, comiendo alimentos impuros y comunes, se dejó oír una voz por tres veces que decía: no llames impuro a lo que Dios ha purificado 10. Lo que constituye una prueba clara de que la gracia de Dios inspiraba las obras de Camelia a fin de purificarle, a fin de que el Apóstol, viendo que el Señor ya le había prevenido con sus dones, no dudara en conferirle el Sacramento. Se hubiera podido dudar de la vocación de los gentiles que todavía no había sido revelada, si ciertas señales en las disposiciones precedentes no hubieran manifestado que Dios los había escogido. Pues la fe no pertenece a todos 11, ya que no todos obedecen al evangelio 12. Los que creen son movidos a creer por el Espíritu de Dios, y quienes no creen se apartan con su libre albedrío. Así, pues, nuestra conversión no procede de nosotros mismos, sino de Dios, según lo que dice el Apóstol: pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, sino que es don de Dios; no viene de las obras, para que nadie se gloríe 13.

Capítulo 7. LA VERDADERA JUSTICIA DEL HOMBRE SÓLO VIENE POR CRISTO

8. Tenemos que reconocer la debilidad humana, y confesar que todas las generaciones sucesivas resultaron condenadas en el primer hombre. Y cuando los muertos resucitan, los ciegos ven, y los impíos se convierten en justos y dan gloria a Cristo, entonces es Dios quien les da la vida, la luz y la justificación, de modo que quien se gloríe, que se gloríe en el Señor 14, y no en sí mismo. Pues cuando era impío, ciego o muerto, recibió gratuitamente de su libertador la justicia, la luz y la vida. No se puede decir que ya estaba en la justicia, y que su justicia fue aumentada; que caminaba hacia Dios, y que su caminar fue robustecido; que amaba a Dios, y que su amor fue enardecido. Debemos decir que estando sin fe, y siendo impío, recibió el espíritu de la fe y se convirtió en justo; porque el justo vive de la fe 15, y sin fe nadie puede agradar a Dios 16, pues todo lo que no viene de la fe, es pecado 17. De modo que es verdad que la justicia de los infieles no es la justicia, y que la naturaleza sin la gracia está corrompida.

Capítulo 8. LA CARIDAD Y LA FE SON DONES DE DIOS

9. Cuando el hombre perdió su inocencia natural, se convirtió en desterrado, en perdido, caminando al azar, y hundiéndose cada vez más en los senderos tenebrosos del error. Pero fue buscado y encontrado, y llevado e introducido en el camino que es verdad y que es vida. Y fue encendido en su corazón el amor a Dios, quien ama primero a quien no le ama, según lo que dice San Juan: en eso consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó 18; carísimos: amémonos nosotros unos a otros, porque la caridad procede de Dios

¡ que arda tu corazón!

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