Carta de Próspero de Aquitania a Rufino sobre la gracia y el libre albedrío(2)

AquitaniaCarta_200616

Qué consuelo produce en el alma, leer a los santos que nos precedieron , su defensa de la Verdad, ¡ Cuánto amor  a la Iglesia! ¡ Qué vocabulario! y con qué valentía desenmascaraban a los herejes.

Hoy nadie habla así, excepto los 4 cardenales de las dubia y aquellos valientes, teólogos y sacerdotes que los han apoyado, pero el resto de teólogos está mudo. El martirio no va con ellos. Han censurado esa parte de la doctrina que no les interesa y que es costosa. Prefieren el camino suave y fácil de agradar al mundo.

En la carta podemos leer cómo San Agustín con la espada afilada de sus palabras supo combatir el pelagianismo y que por eso mismo sufrió ataques y murmuraciones de los de dentro( muchos de nosotros los sufrimos con alegría cuando alguien nos acusa de faltar a la caridad, hoy los cobardes de dentro se escudan en una caridad que nada tiene que ver con la Verdad de Cristo)

Seguimos con la maravillosa carta  de Próspero y le pedimos luces al Espíritu Santo para que comprendamos la doctrina de la gracia

Capítulo 3. LA ASTUCIA DE LOS PELAGIANOS DESENMASCARADA y VENCIDA 
4. Tales eran las engañosas sutilezas con las cuales los hijos de las tinieblas querían transformarse en hijos de la luz. Pero los Obispos del Oriente, la Sede Apostólica, los Concilios del África lo descubrieron todo. El bienaventurado Agustín, gloria principal del sacerdocio en ese tiempo, escribió numerosos y brillantes trabajos para probar los errores y sofismas de esa herejía. Porque entre los dones que el Espíritu de la verdad le había abundantemente concedido, poseía sobre todo esa fuerza de la ciencia y de la sabiduría que provienen del amor de Dios, y con la espada invencible de sus palabras aniquiló muchas herejías, y en último lugar el pelagianismo, cuyos restos todavía palpitan. Pero tampoco se libró de los ataques de los malignos este hombre, tan grande por las palmas y las coronas recibidas; este doctor que brillaba como una antorcha, para el honor de la Iglesia, y para la gloria de Jesucristo, por el que estaba iluminado. Los hijos de la Iglesia no se avergüenzan de murmurar sordamente contra él, y sus murmuraciones son escuchadas por otros, y como ofrecen sus oídos complacientes a los herejes, así describen las obras contra los pelagianos, diciendo que en ellas Agustín niega el libre albedrío, y que bajo el nombre de gracia incluye una necesidad fatal. Añaden que divide al género humano en dos masas o grupos, y que quiere hacernos creer que hay dos naturalezas en la humanidad. Así no temen atribuir a un hombre tan piadoso la impiedad de los paganos y de los maniqueos.

Si esas acusaciones están bien fundadas, ¿de dónde procede su negligencia, e incluso su impiedad en no rechazar rápidamente de la Iglesia una tan dañosa calamidad? ¿Por qué no se oponen a esos sermones tan insensatos, o al menos por qué no citan algunos escritos del autor de semejante doctrina? Sería glorioso para ellos, y útil para el género humano haber convencido de error al mismo Agustín. Quizás quieran aparecer como moderados y nobles críticos, respetando deferentemente y por compasión a un anciano de tan grandes méritos, y se tranquilicen pensando que nadie se preocupará ya más de sus libros. Ignoran, o más bien saben, que la Iglesia de Roma y de África, y que todos los hijos de la promesa en el mundo entero están de acuerdo con él sobre los principios de la fe y de la gracia; saben que incluso en los lugares donde se alzaron protestas contra él, Dios ha permitido que muchos hombres hayan tomado de sus escritos la doctrina del evangelio y de los apóstoles, haciendo aumentar así, por su poder expansivo, la ley que constituye el Cuerpo Místico de Cristo. Si estamos en el error, ¿por qué no tratan de refutarnos? Si no merecemos ningún reproche, ¿por qué nos muerden en secreto?
 
Capítulo 4. LAS CONFERENCIAS DE CASIANO

5. ¿Quién ignora de dónde provienen la intemperancia de su lenguaje en privado, y su silencio calculado ante el público? Quieren gloriarse en su propia justicia más que en la gracia de Dios 2, y no pueden soportar que les ofrezcamos resistencia, cuando atacamos todo lo que dicen en sus numerosas conferencias- contra un doctor de tan gran peso. Saben muy bien que planteando esta cuestión en una asamblea del clero o del pueblo, les opondrían miles de obras escritas por el bienaventurado Agustín, bien conocidas por todos, y que llevaron la poderosa luz de la verdad a todos los corazones. ¿Pues qué hombre verdaderamente creyente y religioso, habiendo bebido en las fuentes de esta elocuencia divina los verdaderos conocimientos de la salvación, desearía sumergirse en una doctrina llena de humo y de orgullo?

En cuanto a mí, espero que Dios en su misericordia infinita, después de haber permitido que esos hombres desvaríen en sus disquisiciones sobre el libre albedrío, abandonando las sendas de la humildad, no les privará para siempre y hasta el fin de la luz de la inteligencia; hará retornar a los que viven en tierras lejanas, y cuanto más tardío sea su retorno, más aparecerá en su gloria la obra de la gracia, mediante la sumisión de los corazones rebeldes que se expusieron a perderse al querer discutir sobre las virtudes y sobre la muerte moral. No digo que carezcan de méritos; pero ciertamente pierden el fruto de sus obras, atribuyéndolas al poder de la naturaleza, y cuando hacen intervenir la gracia, ésta sólo se presenta como consecuencia de las buenas obras y de la buena voluntad.

¡ que arda tu corazón!
Continuará…

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