Dame ese agua para que no tenga yo sed ni venga aquí a sacarla.

Después de tanto hablar del pelagianismo y poniendo ejemplos , alguien me dice , al final todo es pelagianismo y yo le contestaría. No, al final TODO ES GRACIA.

La gracia y la libertad personal son esenciales para entender hasta qué punto Dios nos llama en cada momento, siempre respetando nuestra libertad personal. Podríamos decir que Dios corrió el riesgo de nuestra libertad.

Hace varios días colgué una entrada, que me parece fundamental para entender el juego y el papel de la libertad y de la gracia.

Y no lo olvidemos que Dios resiste a los soberbios.

¡ Pasmaos cielos, de ver a mi Dios, buscando hambriento mi corazón !

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Hay en el Evangelio una escena sublime: el encuentro de Jesús con la Samaritana. Al parecer, todo es casual. Pero allí estaba Dios para dictarnos una lección magistral. Jesús sediento del camino, pide de beber a una mujer, ¿Quién va a dar a quién? ¿Quién de los dos va a ser el primero en ofrecer y recibir?

El primero en pedir es Jesús: – Mujer dame de beber

Y también el primero en ofrecer y en dar. Ante el desprecio de la mujer que se niega, le dice el desconocido: – Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.

Y aquí se entusiasma la alocada mujer para pedir con viveza: – dame ese agua para que no tenga yo sed ni venga aquí a sacarla.

A poco que hayamos entendido toda la doctrina del Nuevo Testamento, sobre todo en San Pablo, sabemos muy bien que toda iniciativa de nuestra salvación viene de Dios.

Es Dios quien nos crea para salvarnos, y nos convoca a la salvación aún antes de crearnos.

Es Dios quien al vernos sumidos en la culpa de Adán y en nuestras propias culpas, cierra los ojos para no ver nuestra maldad, y los abre sólo ante su Hijo el redentor que se propone enviarnos.

Es Dios quien nos ha elegido en Cristo para hacernos en su presencia santos, inmaculados, amantes.

Jesucristo, el Dios hecho hombre y que nos revela al Padre, es quien se lanza detrás de la oveja perdida hasta que la lleva al redil del que se escapara.

Es Jesús, quien se autoinvita en la casa del publicano rico, para decir y proclamar: ¡ Hoy ha venido la salvación a esta casa !

Y es Jesús quien en la parábola más entrañable del Evangelio, nos presenta al padre bueno oteando cada día el camino por el que se fuera el hijo perdido, para ver cuándo le daba la alegría de volver.

Y es que Dios nos persigue hasta el fin. Somos suyos y no nos quiere perder. Hubo hace más de un siglo en Inglaterra un poeta que se hizo célebre con su poema titulado El lebrel del cielo. En él describe a Dios como un perro de caza, que corre jadeante por los campos hasta que se hace con su presa, el alma que ha huido miserablemente.

No está mal la comparación. Con tal de salvar al hombre, el Dios del cielo tiene una paciencia infinita. Y lo perseguirá de mil maneras, hasta conseguir el ¡SI! que le salve. Es cierto que siempre habrá que contar con la libertad de la persona. Dios no nos fuerza. Dios nos respeta. Pero, por parte suya, perseguirá a la criatura de mil maneras, hasta que consiga doblegar su voluntad rebelde. Dios se valdrá de los medios más inverosímiles.

Todo esto no es más que la confirmación de una verdad tan elemental como esa que repetimos con la consabida expresión ¡Dios me ama!

Lo importante es el responder nosotros a ese amor del Señor del Cielo, que no nos necesita, pero que parece no puede pasar sin nosotros, idea que arrancó al poeta estos versos apasionados, ¡ Pasmaos cielos, de ver a mi Dios, buscando hambriento mi corazón !

Este poeta no hacía más que recordar lo que Jesús pedía a la mujer del pozo, ¡ Dame de beber !.

Todo está de parte del hombre, en querer decir SI o NO a un Dios que se presenta como un pordiosero de amor. Una vez que pide, Dios ya no hace nada más que esperar. Y se da sólo a los que saben decirle con corazón abierto de par en par: Entra que aquí tienes un puesto…

¡ que arda tu corazón!

http://iotaunum.com/dios-que-busca-y-espera

3 comentarios

  1. ¿ Porqué la misericorditis no habla nunca del pecado original, de nuestra naturaleza humana herida, de la necesidad de la gracia para la salvación, pues “sine me nihil potestis fácere ?

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