Medea en la Universidad(2) Después del encuentro con la buena nueva que es Cristo Jesús no hay más espacio para la “curiositas”

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Respecto a la crítica que hice sobre ciertos aspectos de la obra de teatro que se representó en la Universidad, traigo a colación un artículo que puede ser de interés para aquellos cristianos  que se dedican al mundo del teatro y del arte.

Nota 1: Entiendo que en este mundo secularizado en el que el mensaje cristiano ha pasado a un segundo plano incluso en el mundo universitario y desde luego en el mundo de la cultura y del arte pueda suscitar recelos e incluso risa mi postura ante el teatro.

Nota 2: No entiendo, ni nunca entenderé el arte por el arte, ni el teatro por el teatro. Siempre entenderé todo esto como instrumento para llegar a un fin que es Dios.

Nota 3: Entiendo el concepto de pluralidad y de diferencia de opiniones, pero también entiendo que incluso las opiniones no tienen todas el mismo valor.

Nota 4: Creo que es perder el tiempo representar una obra de teatro sin darle el fin al que está destinada que es formar almas y mentes en una cultura que es la cristiana.

Nota 5: Ya desde los mismos padres de la Iglesia se critica ese aspecto de pasar el rato y de lo que ellos llamaban la enfermedad del espíritu, la “curiositas” “Después del encuentro con la buena nueva que es Cristo Jesús no hay más espacio para la “curiositas”

Nota 6: Respeto las posturas contrarias a todo esto, pero no las comparto porque creo que desde un punto de vista cristiano estamos llamados a impregnar todas las realidades temporales, INCLUÍDO el teatro , con el elixir de la Buena Nueva.

Nota 7: Si no cristianizamos el teatro, hemos representado como paganos.

 

LOS PADRES DE LA IGLESIA ENTRE TEATRO E INTERNET

por Leonardo Lugaresi

El mensaje de Benedicto XVI para la jornada mundial de las comunicaciones sociales hecho público el 24 de enero llama nuestra atención sobre los problemas planteados por “algunos límites típicos de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la autocomplacencia”. […]

Es interesante observar que el reclamo del Papa, aunque se refiere a un fenómeno completamente nuevo, presenta significativas analogías con una cuestión antigua, sobre cuya reflexión crítica de los Padres de la Iglesia se ejercitó en modo magistral, y de la cual puede pues ser útil retomar algún punto de reflexión, para una más profunda comprensión de esta enseñanza de Benedicto  XVI.

Los Padres obviamente no conocieron la internet, pero el “mundo virtual” con el que han debido ajustarse lo constituía para ellos – en una “sociedad del espectáculo como en gran medida era la greco-romana de edad imperial – de la dimensión del “ludus”, es decir de la representación escénica, y más ampliamente de la teatralidad que invadía tantos aspectos de la vida civil tardo antigua, también fuera de los muros de teatros, anfiteatros y circos y de la no obstante festividad del calendario.

La condena de los espectáculos, decidida así y sin detalles en la Iglesia antigua, no está motivada, en última instancia, por sus contenidos idolátricos o inmorales, como frecuentemente se sigue repitiendo, sino por una profunda preocupación por la amenaza a la que Tertuliano, en su “De spectaculis”, llama la “ratio veritatis”, el criterio de la verdad.

La de los espectáculos se presentaba a los ojos de los Padres como una realidad profundamente ambivalente, en la que lo verdadero y lo falso se confundían, hasta poner en crisis la misma validez de tal oposición. Baste pensar al hecho de que el autor, en el acto de interpretar un personaje, está “verdaderamente” y auténticamente en su ser “falso”, en cuanto que es, y al mismo tiempo no es, el personaje que representa.

Su capacidad de transformarse, superando todos los límites “normales” puestos por las distinciones de edad, de género, de “status”, por lo que el mismo individuo puede ser dependiendo de los momentos hombre o mujer, joven y viejo, rey y esclavo, se presenta, pues, como una peligrosa amenaza a la identidad natural del hombre: como si la sombra multiforme de Proteo se alzase para oscurecer el rostro de Adán.

El tema de la crítica a la ambivalencia de la representación es de matriz platónica, pero conoce en el cristianismo una decisiva profundización. La identidad que es amenazada es sentida como identidad de creatura, en cuanto que en la naturaleza de cada ser humano se refleja la imagen originaria que Dios ha impuesto en la misma.

El pensamiento patrístico reconoce por lo tanto, en este vuelco extremo de la realidad natural obrado por la “fictio” espectacular y en la construcción de pseudo-realidad tan capaces de suscitar pasiones y emociones en los espectadores en cuanto que carecen de consistencia ontológica, la mano del diablo, es decir de aquel que es por definición el “malvado imitador” de Dios, el “simio de Dios” que, incapaz de crear, puede sólo adulterar la naturaleza creada por Dios. Tertuliano habla, a propósito, explícitamente del diablo como “aemulator” y “interpolator” de la obra divina.

Cuando el Papa Benedicto levanta con franqueza la cuestión de la autenticidad de la amistad en el mundo virtual se advierte, en sus palabras, el eco de una profunda reflexión patrística.

En una página famosa de las “Confesiones” (3,2), Agustín, recordando su experiencia juvenil de apasionado frecuentador del teatro, nota agudamente cómo a los espectadores les gusta sufrir contemplando en escena situaciones dolorosas y trágicas que deberían suscitar misericordia si se las encontrasen en la vida real, y se pregunta “cual es, en definitiva, la misericordia que se experimenta respecto a las ficciones del teatro. En efecto, al espectador no se le pide socorrer, sino que sólo se le invita a dolerse, y se aprecia más al actor de aquellas escenas cuanto más se sufre por ellas.

Este paso ameritaría una profunda exégesis, pero el punto esencial es muy claro: para Agustín, una relación verdaderamente humana se realiza sólo allí donde hay responsabilidad. El otro, en el momento en el que lo encuentro, me hace de alguna manera responsable, en el sentido aclarado en modo perfecto por la parábola del buen samaritano, con la cual Jesús responde a la misma pregunta que Benedicto XVI, no por casualidad, nos vuelve a proponer en relación al mundo virtual: “¿Quién es mi prójimo?”.

La relación de proximidad, que es la única verdaderamente humana, implica siempre el elemento de la responsabilidad, en el sentido de que el otro con su misma existencia me interpela, constituye para mí un desafío al cual debo responder.

Agustín precisamente niega que esto pueda ocurrir en la pseudo-relación entre el espectador y el actor, y cierto que no nos queda sino darle la razón, si aplicamos su análisis a la televisión, el medio que por excelencia nos pone en una posición de “falsa cercanía” con la realidad, donde vemos todo, pero como espectadores completamente pasivos y privados de responsabilidad.

Internet, se dice, es otra cosa; y más aún, la interacción capilar y difusa, con la posibilidad para todo tipo de usuario de ser sujeto activo en la red comunicativa en la cual se inserta, parece ser su característica más innovadora y seductora.

Pero hay una condición imprescindible para que ello ocurra, y es el compromiso por la verdad y con la verdad. “La verdad que es Cristo – nos recuerda el Papa – es en definitiva la respuesta plena y auténtica a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes sociales”.

Pero el compromiso con la verdad exige continuidad de atención, concreción, concentración en lo que es esencial. Aquí entra en juego otro factor de ambivalencia típico del mundo virtual.

La enorme multiplicidad de los puntos de interés, de las ocasiones, de las atracciones y la extraordinaria facilidad de nexos que se pueden establecer con los campos más variados de la experiencia humana – en una dimensión que parece anular los obstáculos puestos por el tiempo y por el espacio en el mundo real – son efectivamente una gran riqueza, pero también un potentísimo estímulo para la distracción, más aún, para la dispersión del yo desde “dentro” y por “fuera” de uno mismo (según una dinámica psicológica que es bien conocida a todo navegador de la red, cuando se da cuenta de haber perdido horas preciosas pasando de un link a otro, pero que jamás ha sido tan lúcidamente analizado como por Agustín).

Es la enfermedad del espíritu que el pensamiento antiguo había diagnosticado como “polypragmosyne”, “curiositas”, y sobre la cual – en el ámbito de la polémica contra los espectadores – los Padres han dicho también cosas memorables. Basta recordar la fórmula cargada con la que Tertuliano, en el “De praescriptione haereticorum” (7, 12) señala la novedad de la posición cristiana: “Nobis curiositate opus non est post Christum Iesum nec inquisitione post evangelium”. Después del encuentro con la buena nueva que es Cristo Jesús no hay más espacio para la “curiositas”, ya no tenemos más necesidad de Google para saber quien somos.

La antigua condena cristiana del teatro ciertamente no se puede proponer nuevamente hoy, ni tampoco la Iglesia quiere tomar distancia de internet, a la que por el contrario mira con sincera simpatía.

Pero algunas de las razones con la que los Padres, con gran fuerza de pensamiento, sostuvieron el juicio ameritan ser también hoy objeto de nuestra reflexión, para ayudarnos a encarnar el “estilo cristiano de presencia también en el mundo digital” que el Papa auspicia.

___________

El texto completo del mensaje de Benedicto XVI para la jornada mundial de las comunicaciones, del 5 de junio 20011:

> Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital

 

http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1346789ffae.html?sp=y

 

 

9 comentarios

  1. Muy buen copy paste, lo único que falla cuando dices que respetas. Bueno, y lo de suponer que la obra esa sea mala porque no lleva a Dios. ¿Y tú qué sabrás si lleva a Dios o no, si ni siquiera la viste? Yo fui con amigos y me ayudó a rezar. Lo que seguro que no lleva a Dios son tus comidas de tarro.

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  2. Quizás a la autora le iría bien también leer esto: 1 Corintios 14:34-35

    *Sólo un apunte, esto esta en la Biblia y es palabra Sagrada, Camino no.

    Besos.

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