He pecado contra el cielo y contra Tí

HIJO PRODIGO

 

Pocas palabras definen mejor la misión de la Iglesia Católica en el mundo como lo hace la palabra CONVERSIÓN. De hecho, es la consecuencia práctica más inmediata que el mismo Jesús, en las primeras palabras que recoge Marcos de su predicación y de cara a nosotros, nos concreta y señala como vocación y como misión nuestra: Se ha cumplido el tiempo. Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.

Y nuestra Santa Madre la Iglesia no ha dejado de propagarla desde que echó a andar, ya con la primera predicación de Pedro al frente de los demás Apóstoles la misma mañana de Pentecostés, como contestación obligada a la pregunta que le dirigen los oyentes, removidos hasta el hondón del alma por su discurso: –¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro contestará, como quien lo tiene muy bien grabado en su alma por bien aprendido de su Maestro y Señor: Convertíos y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para perdon de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para todos los que quiera llamar el Señor Dios nuestro. 

Precisamente ahora, en este “miércoles de ceniza” que tradicionalmente supone el pistoletazo de salida del tiempo de Cauresma, que nos encara con la Semana Santa donde celebramos la consumación de nuestra Salvación, ahora nuestra Madre la Iglesia Santa nos insiste exactamente con lo mismo: ¡Convertíos! 

Siendo ésto tan central en la vida y misión de la Iglesia Católica -ésta desaparecería si le diese una ventolera y se atreviese a oscurecer o, peor aún, pretendiese borrar este “mandato expreso del Señor” y lo que significa para las almas todas: las que quiera llamar el Señor Dios nuestro-, es Jesús mismo quien nos explica casi al detalle, con mimo y detenimiento, misericordiosamente, lo que la conversión significa, la riqueza espiritual y, por tanto, también humana, que encierra para la persona y para la misma Iglesia.

Y lo hace de múltiples maneras. Unas veces, con los mismos sucesos de su vida, entrelazada con la gente a la que Él mismo busca y también con la gente que le busca. Y otras lo hará con parábolas, cercanas y perfectamente comprensibles -también a la vuelta de más de 2000 años ya-, al alcance de cualquier corazón que Le mire y Le escuche sin prejuicios; incluso con prejuicios también, como sucede tantas veces, entonces y ahora.

La parábola por excelencia en la que nos pone delante del itinerario que hemos de recorrer en nuestras vidas -transitar una vez y otra, continuamente, ese mismo camino- es la parábola del hijo pródigo.

El hijo pequeño le pide a su padre, sin ningún derecho, la herencia para irse bien lejos; porque le molesta precisamente “esa” presencia para vivir a sus anchas: disolutamente, especifica Jesús. Y su padre, que en la interpretación de la parábola es Dios mismo, se la da; porque Dios quiere hijos, no “esclavos”: por Amor de Padre Bueno –sólo Dios es bueno– ha querido correr el riesgo de nuestra libertad -la de hijos- con todas sus consecuencias. Con las que Él cargará y carga.

El hijo se va, derrocha en cuatro días la herencia, y acaba cuidando cerdos -él, un judío, cuidando cerdos: animales malditos por impuros-: con lo que el Señor escenifica que “el pecado nos rebaja por debajo del estado de las bestias” -así lo describe gráficamente santo Tomás de Aquino- por más inferiores, repulsivas o malditas que sean. Es más: quería alimentarse de lo que le echaban a los cerdos -¡se moría de hambre!-, y no se lo consentían. ¡Allí cuidaban mejor a los cerdos que a los jornaleros!

Volviendo en sí, nos dice Jesús -¡es la CONCIENCIA!-, aquel joven cae en la cuenta de lo que ha hecho, de la trampa en la que él mismo, culpablemente, se ha metido. Y reacciona. Primero, interiormente, añorando la casa de su padre: lo bien que vivían incluso los mismos criados, con pan en abundancia, y yo estoy aquí padeciendo necesidad. En segundo lugar, decidiéndose a regresar a la casa paterna, de donde no debería haber salido nunca -¡qué claramente lo descubre ahora ante la indigencia en la que se encuentra!- para reconocer ante él su injusticia -con su padre y con su hermano-: en definitiva, su pecado.

Y se hace este perfecto acto de contrición, determinándose a desandar el camino que nunca debió haber recorrido: Iré y le diré: padre mío, he pecado contra el cielo y contra tí; ya no soy digno de que me trates como a tu hijo, trátame como al último de tus criados. Y se puso en marcha. Se volvió a “su” casa.

Alli, corriendo, le sale al encuentro su padre, que se lo come a besos; y monta un fiestón por todo lo alto: porque este hijo mío estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y ha sido hallado. ¡Bien está lo que bien acaba! Fue un final feliz.

Esto es la conversión: desandar el camino. Sin esta RECTIFICACIÓN -sin volver sobre los propios pasos-, lo que podría parecer contrición –padre, he pecado contra el cielo y contra tí– se queda en un lamento estéril. La contrición y el dolor por los pecados son verdaderos cuando se corta con la causa y con la situación pecaminosa; cuando se hace -en el momento- el propósito de no volver a repetirlo; cuando se manifiesta a quien se ha ofendido, la petición de perdón; y cuando se está dispuesto a ponerse el último, porque “he pecado”.

Ésto es conversión. Pero, al decir de san Pablo: ¿Cómo se convertirán si nadie les predica? Y, ¿cómo van a reconocer su pecado si se les hurta hasta la misma palabra: PECADO?

Cuando en aras de un pretendido pastoralismo “a nivel humano”, “sin despreciar a nadie” lógicamente, “atendiendo a todas las circunstancias”, “respetando la conciencia del otro”, “sabiendo que la ley moral es siempre general”, “dentro de un acompañamiento personal que ayuda a discernir”…, y todas las cursilerías que se quieran añadir -de hecho, hay gente que las añade sin ningún pudor-, todo ello no sólo para no usar lo que siempre se ha usado -formar las conciencias, dirección espiritual, confesión- sino para oscurecer lo que esas expresiones han significado y significan -lo que nunca podrán hacer ni alcanzar esos neologismos, que precisamente por eso se usan a día de hoy- cuando se hace eso no se ayuda a nu¡inguna conversión, sino que se enseña a permanecer en pecado.

Y como premio, la misma Comunión Eucarística, “que no es un premio para los justos, sino ayuda para los pecadores”. Vamos, ‘el premio gordo! Y todo: por y para seguir igual.

No se pudieron grabar aquellas palabras de Jesús: Vete y no peques más. Y claro, a saber si fueron esas u otras. O, quizá, se han sacado de contexto.

¿Conversión? Eso era antes. En “la nueva iglesia” no hay lugar para esas tonterías que, además, son unas antiguallas auténticas. Paleontología clerical.

http://www.infocatolica.com/blog/nonmeavoluntas.php/1802100854-conversion-desandar-el-camino#more35330

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