El “personalismo” favorece la heteropraxis, puede servir como justificación del situacionismo, y promueve la indebida separación de la fe y la razón.

9788482394350

 

Seguimos advirtiendo de los errores  a los que puede llevarnos el personalismo

 

COMENTARIO IV

«Sin rechazar el legado tradicional, resultaba evidente que no bastaba con reproponer nociones antiguas para recomponer la fractura entre cultura y cristianismo. Era necesario algo más. Había que recoger de la modernidad todos los elementos positivos que fuera posible encontrar y proponer un nuevo proyecto cultural e intelectual capaz de abrirse un hueco en la vorágine de la cultura europea» (J.M. BURGOS, El personalismo, Palabra, Madrid, 2000, pág. 25)

El abandono de las nociones antiguas, para la mente católica, siempre es problemático y temerario. No sólo porque el sentido de la fe se nutre de Tradición y tradiciones que iluminan la razón del católico y la fortalecen contra el error; sino porque tras los conceptos acuñados a través de los siglos, persiste la acción providente de Dios.

Abandonar el campo de lo seguro y acoger novedades surgidas del alma inestable y conflictiva de la Modernidad, es siempre una empresa muy poco rentable, que fracasa con toda seguridad. Si el proyecto cultural propuesto a la Modernidad es un proyecto elaborado con las nociones de la Modernidad, aliñado con otras de origen cristiano, nos preguntamos cómo puede el cristianismo sanar al hombre moderno de los males que le aquejan. Si al que ya está intoxicado se le recetan toxinas de la misma dolencia, el resultado no puede ser sino un empeoramiento de su mal.

Por esto el aggiornamento personalista no es eficaz como misionero, pues da al hombre moderno lo mismo que le está enfermando.

***

COMENTARIO V

«Cierto que la búsqueda humana de sentido y de valores puede nacer de una tensión interior y no de un equilibrio interno. Ahora bien, precisamente esta tensión es un requisito indispensable de salud mental. Me atrevería a afirmar que nada en el mundo ayuda a sobrevivir, aun en las peores condiciones, como la conciencia de que la vida esconde un sentido» (V. FRANKL, El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 2004, p. 127)

Lugar común de la evangelización personalista es presentar a Cristo como el sentido natural exigido por la dignidad humana, como aquello que toda persona, por el simple hecho natural de ser persona, anhela y experimenta como si Dios no le hubiera podido crear sin elevarlo necesariamente al orden sobrenatural.

Esta visión naturalista del cristianismo fue influida sin duda por Victor Frankl y otros terapeutas no católicos; y digo que es común en la evangelización personalista, porque todos hemos escuchado de sobra cómo se presenta la fe cristiana como una experiencia deducible de la propia realidad personal.

Para ilustrarlo, en lugar de incidir en Padres y Doctores, se citan autores no católicos, cineastas, escritores, dramaturgos, etc., que expresan su insatisfacción nihilista y su necesidad natural del orden sobrenatural, como si Dios se lo debiera. 

Esta tensión natural de la que habla Victor Frankl es entendida, por tanto, por el personalismo, como una exigencia natural del ser humano.

Todo ser humano, bajo este punto de vista, anhela naturalmente a Cristo porque Cristo es experiencia necesaria de lo natural. Es la teoría del cristianismo anónimo, que popularizó Rahner, y a la que dotó de alas teológicas la Nueva Teología.

La doctrina de la Iglesia, sin embargo, no nos enseña que la conversión sea lo mismo que el descubrimiento del sentido natural de la vida, ni que la gracia sobrenatural sea una necesidad natural de la psicología humana. La doctrina de la Iglesia no nos enseña que la persona merezca la justificación por su implenitud natural o que la gracia sea una necesidad debida por Dios al hombre, sino que «nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres»; y que su fin no es la realización natural e inmanente del hombre, sino «la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna» (cf Concilio de Trento: DS 1529) (Catecismo 1992).

Nos enseña además que es una vocación recibida gratuitamente, que Dios no estaba obligado a proporcionarnos. Nos enseña que no es una experiencia exigida por la propia condición humana; sino que «esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda creatura» (cf 1 Co 2, 7-9) (Catecismo 1998)

CONCLUYENDO

El personalismo no es talmente una filosofía sino una idiosincrasia piadosa, una ideo-sincrasia modernizante, antimetafísica, deudora del humanismo autónomo.

Su debilidad conceptual la hace proclive a padecer los mismos errores que cree evitar, como el nominalismo, el subjetivismo o el agnosticismo. Debido a sus prejuicios contra la razón, prefiere fundamentar su visión de la dignidad humana en conceptos psicologistas y experienciales, que merman su objetividad y su consistencia conceptual.

El aggiornamento personalista da pie a una intoxicación de conceptos naturalistas, importados del naturalismo del Renacimiento, de la psicología moderna y del existencialismo. Como reinterpretación de la fe cristiana, es vulnerable al error modernista, cuyo virus contiene en forma de prejuicio, lugar común, cliché teológico.

Para combatir eficazmente el error modernista, y superar la crisis actual, es necesario dejar atrás el personalismo. No es un sistema de pensamiento que aporte claridad doctrinal. Antes bien, favorece la heteropraxis, puede servir como justificación del situacionismo, y promueve la indebida separación de la fe y la razón.

http://infocatolica.com/blog/mirada.php/1710211209-216-personalismo-iv#more34608

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