La Iglesia católica posee la plenitud de Cristo.

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Cómo decía un hermano en la fe, tan importante como analizar la crisis que vivimos es analizar las causas.

¿Podríamos decir que hoy la Iglesia sigue siendo sal y luz? o por el contrario¿ ha ido relativizando tanto sus enseñanzas por un intento desesperado de dialogar con el mundo, y  al final está perdiendo su identidad?

Aunque a lo largo de varias entradas podremos ir analizando muchas influencias dañinas en el pensamiento católico actual, también podemos preguntarnos cómo se ha podido abrir la puerta y no sólo abrir la puerta en un descuido, sino un abrir la puerta querido, consentido y bendecido por eclesiásticos que han sucumbido ante los vapores dañinos que adormecían la mente católica.

¿Por qué estamos oyendo desde la cúpula del vaticano llamando a Lutero testigo del evangelio?¿ Por qué estamos oyendo a sacerdotes y obispos decir que la reforma luterana fue inspirada por el Espíritu Santo? ¿Qué puede tentar a cada uno para decir frases que hace unos años hubieran sido calificadas de herejías?.

¿El miedo?¿ Pensar que ahora somos mucho más civilizados que hace 500 años?¿ La “obediencia “al Santo Padre, que es el primero que lo dice? ¿Someter el entendimiento y la razón a la voluntad cerrando los ojos? ¿ El miedo a la batalla? ¿La caridad mal entendida, como si la caridad fuera ceder en la verdad?

Hoy nos limitaremos a analizar el tema del ECUMENISMO. Podemos ver cómo lo que ahora está ocurriendo , no es algo aparecido de repente, como un meteorito caído del cielo. Es algo gestado durante muchos años y que puede tener su origen en el enfoque dado en los últimos 60-70 años y que ha degenerado en lo que tenemos ahora.

 

Veamos como lo explica Romano Amerio en su indispensable Iota Unum (págs. 375 y 376):

“Sin duda esta variación es la más significativa de las producidas en el sistema católico después del Vaticano II, y se encuentran reunidas en ella todos los motivos de la pretendida variación de fondo que solemos concretar en la fórmula de perdida de las esencias.

La doctrina tradicional del ecumenismo está establecida en la Instructio de motione oecumenica promulgada por el Santo Oficio el 20 de diciembre de 1949 que retoma la enseñanza de Pio XI en la encíclica Mortalium animos. Se establece por tanto: Primero: “la Iglesia Católica posee la plenitud de Cristo” y no tiene que perfeccionarla por obra de otras confesiones. Segundo: no se debe perseguir la unión por medio de una progresiva asimilación de las diversas confesiones de fe ni mediante una acomodación del dogma católico a otro dogma. Tercero: la única verdadera unidad de las Iglesias puede hacerse solamente con el retorno (per reditum) de los hermanos separados a la verdadera Iglesia de Dios. Cuarto: los separados que retornan a la Iglesia católica no pierden nada sustancial de cuanto pertenece a su particular profesión, sino que más bien lo reencuentran idéntico en una dimensión completa y perfecta (“completum atque absolutum”).

Por consiguiente, la doctrina remarcada por la Instructio supone: que la Iglesia de Roma es el fundamento y el centro de la unidad cristiana; que la vida histórica de la Iglesia, que es la persona colectiva de Cristo, no se lleva a cabo en torno a varios centros, las diversas confesiones cristianas, que tendrían un centro más profundo situado fuera de cada una de ellas; y finalmente, que los separados deben moverse hacia el centro inmóvil que es la Iglesia del servicio de Pedro. La unión ecuménica encuentra su razón y su fin en algo que ya está en la historia, que no es algo futuro, y que los separados deben recuperar.

La variación introducida por el Concilio es patente tanto a través de los signos extrínsecos como del discurso teórico. En el Decreto Unitatis Redintegratio la Instructio de 1949 no se cita nunca, ni tampoco el vocablo “retorno” (reditus). La palabra reversione ha sido sustituida por conversione. Las confesiones cristianas (incluida la católica) no deben volverse una a otra, sino todas juntas gravitar hacia el Cristo total situado fuera de ellas y hacia el cual deben converger.

En el discurso inaugural del segundo período Pablo VI volvió a proponer la doctrina tradicional refiriéndose a los separados como a quiénes “no tenemos la dicha de contar unidos con nosotros en perfecta unidad con Cristo. Unidad que sólo la Iglesia católica les puede ofrecer” (n.31). El triple vínculo de tal unidad está constituido por una misma creencia, por la participación en unos mismos sacramentos y por la “apta cohaerentia unici ecclesiasti regiminis”, incluso aunque esta única dirección suponga una amplia variedad de expresiones lingüísticas, formas rituales, tradiciones históricas, prerrogativas locales, corrientes espirituales, o situaciones legítimas.

Pero a pesar de las declaraciones papales, el decreto Unitatis redintegratio rechaza el reditus de los separados y profesa la tesis de la conversión de todos los cristianos. La unidad no debe hacerse por el retorno de los separados a la Iglesia católica, sino por conversión de todas las Iglesias en el Cristo total, que no subsiste en ninguna de ellas, sino que es reintegrado mediante la convergencia de todas en uno. Donde los esquemas preparatorios definían que la Iglesia de Cristo es la Iglesia católica, el Concilio concede solamente que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica, adoptando la teoría de que también en las otras Iglesias cristianas subsiste la Iglesia de Cristo y todas deben tomar conciencia de dicha subsistencia común en Cristo. Como escribe en OR (Osservatore Romano) de 14 de octubre un catedrático de la Gregoriana, el Concilio reconoce a las Iglesias separadas como “Instrumentos de los cuales el Espíritu Santo se sirve para operar la salvación de sus miembros”. En esta visión paritaria de todas las Iglesias el catolicismo ya no tiene ningún carácter de preeminencia ni de exclusividad.

 

NOTA: No hace falta ser un experto para comprender el alcance de este planteamiento. Si la Iglesia Católica “tiene que moverse hasta un Cristo situado fuera de ella”,

  • ¿Tiene sentido seguir hablando de una Revelación, fundamento de la Fe, que terminaría con la muerte del último apóstol y de la que se ha nutrido la Iglesia durante 2.000 años?
  • ¿Qué sería exactamente el dogma?
  • En estos 2.000 años de historia ¿La Iglesia ha acariciado, siquiera rozado la Verdad?
  • Los Santos que hemos elevado a los altares ¿en virtud de qué lo hemos hecho? ¿Qué sentido tiene un San Atanasio o un San Pedro Canisio?
  • ¿Han existido alguna vez las herejías?
  • ¿A qué piedra se refiere Jesucristo cuando funda la Iglesia? ¿Se trata de una piedra móvil?

 

 

  •  Y así podríamos seguir hasta el infinito…

 

 

http://iotaunum.com/el-problema-no-este-ecumenismo-es-el-ecumenismo

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