Hablemos de la gracia, indispensable para la santidad.

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En estos tiempos de persecución de la sana doctrina, no está mal recordar estas palabras de Luis Fernando de infocatólica, que aunque publicadas en pleno periodo sinodal en el año 2015 están de plena actualidad:

“En todos estos meses de pleno periodo sinodal e intersinodal, están saliendo a la luz dos modelos de entender no ya la Iglesia sino el cristianismo. Modelos que, a la larga, es evidente que no podrán convivir en comunión.

El primero consiste en mantener lo que la Iglesia ha enseñado siempre. A saber, que el hombre es pecador, pero Dios ha querido salvarlo mediante Cristo y enviando el Espíritu Santo para darle la capacidad de vivir en santidad. La Escritura es muy clara al respecto. Ser santo no es una opción para el cristiano. Es su destino, es su llamamiento, es su “deber”. Pero no es algo que pueda alcanzar por sí mismo, en sus propias fuerzas. La gracia no es que venga en su auxilio, como una especie de bastón de apoyo. Es que es lo único que le permite llegar a ser lo que está llamado a ser. Los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía y la Confesión, son fundamentales. La Revelación es la que es y la pastoral debe ser fiel a la misma.Nadie como la Iglesia sabe tanto de la miserias humanas y del poder de Dios para sacar oro de donde solo había hierro oxidado.

El segundo considera que eso de la santidad es cosa de unos pocos. Que se puede ser cristiano y vivir en pecado de forma continua. Que la Iglesia está para comprender que hay situaciones imposibles de superar, porque al fin y al cabo, no hay por qué esperar de un cristiano mucho más de lo que se puede esperar de quienes no lo son, porque todos somos carne y sangre y no ángeles del cielo. Sí, dicen, sería mejor que los cristianos no se divorciaran, no abortaran, no se dedicaran al consumo desenfrenado, etc. Pero como de hecho muchos hacen eso, hay que asumirlo sin más porque Dios ama a todos por igual. Todo es mudable. Desde la doctrina hasta la pastoral.

Obviamente hay grados y matices en ambos modelos, pero en esencia son así. Y si algo es muy claro es que el primer modelo le choca al mundo, es rechazado por quienes no quieren vivir conforme a la ley divina, mientras que el segundo busca que el cristiano se adapte al mundo como mano a guante, dotándole solo de un cierto tamiz moral buenista, que tiene mucho de pelagiano y muy poco de vida en el Espíritu.

Ni que decir tiene que los que abogamos por el primer modelo sabemos que somos pecadores. No somos puros. No somos perfectos. No somos en principio mejor ni peor que nadie. Simplemente, confiamos en el poder de Dios para transformar nuestras vidas, para ir dejando el pecado atrás, siquiera sea poco a poco. No nos conformamos con vivir igual que aquellos que han sacado a Dios de sus vidas o nunca le han tenido como Soberano de sus almas. Es más, como sabemos que la vida en Cristo es verdadera vida, rogamos al Señor que nos ayude a ser instrumentos de conversión de quienes están alejados de Él. No despreciamos a los que viven esclavos del pecado, sino que deseamos que aprendan a vivir en libertad como Dios nos ha concedido aprender a nosotros.

Unos creemos en un Dios todopoderoso capaz de crear a Cristo en nosotros. Otros creen en un dios inválido, torpe, que no es capaz siquiera de que sus hijos dejen atrás todo lo que les aleja de Él. Unos sabemos que nuestros pecados -sí, he dicho NUESTROS- no tienen la última palabra. Que si clamamos a Dios, si dejamos que Cristo sea el Cirineo que nos ayuda a cargar nuestras cruces, iremos creciendo en santidad. Por gracia vivimos lo que dice la Escritura: “La senda de los justos es como la luz de la aurora, cuyo resplandor avanza hasta el pleno día” (Prov 4,18). No pretendemos brillar ya como el sol en su cénit. Pero no queremos vivir toda la vida en la noche oscura de luna nueva.

No queremos una Iglesia de cátaros, de puros absolutos, aunque no está de más recordar que esa, y no otra, es la Iglesia que ya está en el cielo. Queremos una Iglesia de pecadores que por gracia caminan por la senda de la santidad, que se reconocen absolutamente dependientes de Dios para ir dejando atrás el hombre viejo y vivir como renacidos por el Espíritu Santo. Y, antes o después, quedará evidente que no podemos estar en la misma Iglesia que aquellos que no creen en el poder de la gracia. No son instrumentos de santificación y sí de iniquidad. Y cuanto más disfracen su ponzoña herética de lenguaje supuestamente cristiano, más peligrosos son.

¡ que arda tu corazón!

http://infocatolica.com/blog/coradcor.php/1506101112-no-creen-en-el-poder-de-la-gr

 

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