Quien siembra vientos recoge tempestades.

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¿ Por qué me interesa el Concilio Vaticano II?

En primer lugar porque soy Católica, Apostólica y Romana. Y amo a Jesucristo y a su Madre la Virgen por encima de todas las cosas. Amo al Santo Padre en cuanto piedra firme que debe defender y custodiar el depósito de la fe, sin considerarse el dueño de ella. Creo que a partir del CVII y con el beneplácito de los buenos como “perros mudos” y con el regocijo de los malos, empezó una demolición de nuestra fe y de nuestros dogmas y que no es necesario ser muy espabilado para darse cuenta. Entiendo que la Iglesia, nuestra amada Iglesia siempre ha tenido crisis, y por eso creo que los que vivimos ahora debemos afrontar con valentía y visión sobrenatural esta crisis que arranca desde entonces. No haremos nada negándola o pensando que nos supera. Dios nos ha puesto como instrumentos para que en la medida en la que Él quiera todos seamos fieles a nuestra misión.

Nos encomendamos como católicos a Santa Catalina de Siena y a todos los fundadores de ordenes religiosas de los siglos XIV y XV que consideraron  imposible caminar por el camino recto sin la aprobación de aquellos mismos hombres de Iglesia de quienes reconocía la autoridad y cuyos vicios criticaban.

En segundo lugar porque nadie que quiera acercarse sin prejuicios a la verdad, puede negar la catástrofe que supuso el CVII.

En tercer lugar porque parece que es un tema tabú, y siempre me ha molestado que haya temas de los que por consenso general no se pueda hablar.

En cuarto lugar porque no entiendo cómo personas, teólogos, sacerdotes…muy inteligentes y con mucha  formación , no sólo NO alerten de los peligros que trajeron las malas interpretaciones del concilio Vaticano II, sino que los asuman y los silencien. Y en este caso creo saber porqué lo hacen. Lo hacen por miedo , sí por miedo. Es cómo si pensaran que hablar de ello es abrir la caja de pandora y no se dan cuenta que la caja de pandora se abrió sin ningún pudor y lo peor de todo es que nadie se atreve a cerrarla.

En quinto lugar porque oigo ahora, tímidos comentarios sobre las equivocadas interpretaciones (Benedicto XVI, cardenal Scheneider… entre otros) que se dio a muchos de los textos del CVII.

En sexto lugar porque no soporto hablar de “el espíritu” de algo, el espíritu del CVII, el espíritu de una iniciativa, el espíritu que nos mueve, porque los que hablan así, te están pidiendo que renuncies a la razón y que asumas lo que sea que te digan en aras del espíritu, sin tener ninguna relación dicho espíritu con la tercera persona de la Santísima Trinidad …

En séptimo lugar porque he leído cosas del cardenal Biffi, del cardenal Ottaviani,  de Romano Amerio y de  Roberto de Mattei y no me cuadran nada con todo lo que estoy viendo ahora.

No soy una intelectual, por lo que no voy a analizar el CVII y sus catastróficas consecuencias. Lo que voy a hacer va a ser recomendarles un libro y enlazarles un post mucho más interesante de lo que yo les voy a contar.

A continuación un resumen del post y la recomendación del libro:

El libro del que les hablo:

El libro de Roberto de Mattei sobre la Historia del Concilio Vaticano Segundo (en su versión yanqui del año 2012, Loreto Publications, Fitzwilliam, N.H.—no está traducido al castellano que yo sepa).

El libro se publicó originalmente en italiano en el año 2010.
(…)
La primera conclusión que se desprende de la lectura de este mamotreto es que el Concilio no fue sino el escenario de una guerra furiosa, peleada de cien maneras distintas, recurriendo a toda clase de armas, con ambos Papas indiscutiblemente tomando partido, invariablemente, por el bando progre, que, también indiscutiblemente, ganó y exterminó toda pretensión de oposición, con la inestimable ayuda de los comunistas, los masones, los judíos y los medios masivos de comunicación. Ni hablar sobre lo ocurrido durante las décadas del post-concilio (a la cual el autor le dedica un interesantísimo capítulo final) en el que la reforma litúrgica, los estudios bíblicos, las misiones, los seminarios, las universidades católicas se fueron todas al mismísimo demonio, mientras se imponía la Teología de la Liberación, la lectura de Teilhard de Chardin, la comunión en la mano, el vaciamiento de seminarios, conventos y monasterios (Ecclesia depopulata), el Catecismo Holandés y no sé yo cuántas cosas más—y como perla de muestra resulta muy, muy interesante, ver lo que pasó en Italia, al final del Pontificado de Paulo VI, cuando el gobierno demócrata cristiano presidido por Giovanni Leone y con el primero ministro (amigo personal del Papa) Giulio Andreotti, sacan, el 22 de mayo de 1978, la ley de aborto, firmada por todos los parlamentarios demócrata-cristianos (según cuenta uno de ellos, Tina Anselmi, Paulo VI exhortó a los ministros demócrata-cristianos a que permanezcan en sus puestos aun cuando hubieran firmado esa ley—créase o no).
(…)
Pero, claro, en estos años se acuñaron varias cosas como estas de la primavera de la Iglesia que resultaron ser armas formidables, imbéciles locuciones de eficacia probada, de influencia demoníaca, como la del “espíritu del Concilio” con las que se hizo, (…), toda clase de canalladas(…)
Porque uno recuerda que se le había asignado un carácter “pastoral”, que Juan XXIII había insistido una y otra vez en que no se definiría ninguna cuestión dogmática y que sólo era para “pastorear” a lo grey. ¿Y bien? Resulta que estuvo prohibido hablar del comunismo. Cuando una tercera parte del mundo padecía el comunismo (especialmente los cristianos), el Cardenal Tisserant acordó en la ciudad de Metz con funcionarios de Moscú que acudirían veedores soviéticos al Concilio con tal de que no se mencionara siquiera al comunismo. Eso lo cumplieron al pie de la letra, Juan XXIII, Paulo VI y la mayor parte de los padres conciliares (…)
El Vaticano II, claramente se desprende de este libro, fue una guerra, y nosotros la perdimos (por lo menos durante este medio siglo que le siguió).
Perdimos la guerra,pero que no se diga que no hubo guerra, eso nunca, que no hay guerra, sino más bien lo de Teresa la Grande:
Todos los que militáis
debajo de esta bandera,
ya no durmáis, no durmáis,
pues que no hay paz en la tierra.
Recemos, recemos sin parar, por nuestros hijos y por la Iglesia de Cristo.
¡ que arda tu corazón!

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