Monseñor Antonio Livi, explica en una entrevista las razones que le llevaron a firmar

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Monseñor Livi es uno de los firmantes de la correción.

Desde que se publicó la corrección el domingo, 17 más sacerdotes y profesores han puesto sus nombres en la corrección filial, incluido el del obispo emérito Rene Henry Gracida, 94, de Corpus Christi, Texas, llevando a 79 el número total.. La exhortación apostólica juzgada por muchos como la trama central  de la doctrina de este pontificado  y ya sometida a dubia por 4 cardenales y que no admite descanso por sus controversias y confusiones.

El Papa en el mismo capítulo VIII, explica que es consciente  que creará confusión, pero lo que asombrosamente nadie podría considerar que la confusión es buena y menos en materia de tan importante calado como los sacramentos, ahora muchos se suben al carro de la confusión y la aceptan sin pestañear, con la única justificación de que es querido por un papa y que sus intenciones son justas y santas. Nuevamente el papanatismo se abre camino y los enemigos de la Verdad permanecen atentos a los últimos movimientos de una Iglesia que pone en duda,  hasta las más elementales verdades de nuestra fe.

Recemos por la Iglesia, recemos por el pueblo fiel  a Cristo .

Les pongo el enlace de la entrevista a Monseñor Livi.

http://www.ilgiornale.it/news/cronache/monsignor-livi-pontificato-divisivo-chiesa-sbando-1446293.html

 

POR MONS. ANTONIO LIVI.[1]

Estimado Director:

Me imagino que los lectores (al igual que algunos de tus compañeros de trabajo), al ver mi firma en la parte inferior de la correctio filialis, se habrán preguntado si esta iniciativa va en línea de lo que voy escribiendo durante años en mis libros, en artículos de revistas científicas e incluso en los muchos artículos que me pediste y publicaste en la Nuova Bussola Quotidiana (NBQ). Por otra parte, sé que muchas interpretaciones periodísticas del evento lo cargan de connotaciones negativas: se habla de una “afrenta al papa”, de un “gesto de rebelión” etc. Sobre todo, por parte de aquellos que no tienen ningún interés real en lo que se concierne a la fe católica, no tienen en cuenta el contenido propiamente doctrinal del documento, limitándose a encuadrarlo en la lucha intraeclesial entre conservadores  y progresistas. De esta manera habría participado en un acto subversivo, gravemente lesivo de la unidad de la Iglesia bajo la guía de su Pastor Supremo. Las cosas no son así en absoluto, y los lectores de la NBQ merecen una información más veraz, tanto sobre el documento en sí como sobre el hecho de que yo lo haya firmado. Trato de aclarar todo en orden.

 

1) Yo personalmente he firmado ese documento por un motivo puramente teológico y pastoral, es decir, por aquel compromiso apostólico que san Juan Pablo II pedía a todos los católicos en el “motu proprio” Ad tuendam fidem (18 de mayo 1998). Otros lo habrán hecho por otros motivos y en representación de ambientes y alineamientos eclesiales autodefinidos como “tradicionalistas”. Yo en cambio hablo y escribo en nombre de la Iglesia, cuando se trata de comunicar la fe en la catequesis y en la enseñanza de la teología; si después se trata de exponer, no el dogma, sino las hipótesis de interpretación del dogma (es decir, las opiniones), hablo en mi propio nombre, sin mezclar la certeza absoluta de la fe con las certezas relativas de las ideologías.

Por esto, yo nunca fui, y continúo sin serlo, ni un conservador ni un tradicionalista. Respeto a quien ama etiquetarse y ser etiquetados así, pero para mí basta y sobra con la calificación de católico. Soy simplemente un católico que estudia  durante toda una vida la verdad de la fe cristiana, la transmite a través de su ministerio sacerdotal, muestra su notable progreso histórico (llamado acertadamente “evolución homogénea del dogma”), al mismo tiempo que combate las adulteraciones secularistas así como los reduccionismos ideológicos y políticos, no importa si de carácter conservador o progresista (lo saben muy bien los muchos lectores de mi tratado sobre la verdadera y falsa teología. Cómo distinguir la auténtica “ciencia de la fe” de una equivoca filosofía religiosa, que llegó ahora a la tercera edición).

 

2) Ese documento yo lo leí cuidadosamente antes de poner mi firma, y ​​lo corregí en algunas frases que consideré inapropiadas. Al final me pareció oportuno, en el momento presente, dirigir este llamamiento urgente al papa para que ponga fin, en cuanto que está en su poder, a la deriva antidogmática de cierta teología tendencialmente heterodoxa (Karl Rahner y Teilhard de Chardin a Hans Küng y Walter Kasper), que ha llegado a ser dominante en los centros de formación eclesiásticos,  en el episcopado católico, e incluso en los dicasterios pontificios, llegando a contaminar el lenguaje y las referencias teológicas de ciertos documentos del magisterio pontificio, como fue el caso de la exhortación apostólica Amoris Laetitia.

 

3) ¿Es lícito tal recurso, incluso en los términos respetuosos con que fue redactado y entregado al papa? Ciertamente es moralmente lícito y canónicamente legítimo. Éste, de hecho, en contra de la forma en que fue presentado por los comentaristas poco atentos o propensos al sensacionalismo, no tiene intención de acusar al papa de herejía, pero lo llama respetuosamente a no favorecer ulteriormente la deriva claramente herética que contamina la vida de la Iglesia. Lo que significa, en la práctica, pedirle respetuosamente la rectificación de algunas de sus tendencias pastorales que han resultado ambiguas o desorientadoras, sobre todo porque son contrarias a una tradición dogmática y moral bien establecidas, respaldadas por el magisterio solemne y ordinario de sus predecesores inmediatos.

Es decir, la correctio filialis no afirma que el papa haya incurrido en herejía con actos interpretables como verdadero y autentico magisterio pontificio (lo que se llama “magisterio ordinario y universal”); o sea, no afirma que en sus encíclicas y en la exhortación apostólica post-sinodal sea evidente alguna herejía propiamente dicha, o sea una enseñanza dogmática materialmente incompatibles con la fe ya definida por la Iglesia. Si la Correctio filialis contuviese tal acusación, ciertamente no la habría firmado. La hipótesis de un papa hereje yo la rechacé enérgicamente en un libro recientemente publicado (Teologia e Magistero, oggi, Leonardo da Vinci, Roma 2017), aduciendo argumentos que creo son teológicamente indiscutibles, incluso en oposición a algunos estudiosos que son también signatarios de la Correctio filialis (por ejemplo, Roberto De Mattei).

En cambio, dicho texto afirma que la praxis pastoral del papa está contribuyendo a la propagación de herejías, tanto para los puntos que utiliza en sus discursos y documentos (argumentos claramente derivados de consejeros conocidos por su mala doctrina), como por las decisiones del gobierno (designaciones de algunos y dimisiones o alejamiento de otros) que terminan por dar poder y prestigio en la Iglesia a los teólogos que enseñan tales herejías desde hace tiempo, mientras que aleja de sí y de los dicasterios de la Santa Sede a los teólogos de recto criterio.

 

4) ¿Quién me da a mí y a todos los demás signatarios el derecho de dirigir este llamamiento al papa? ¿No sería hereje precisamente el hecho de contradecir la enseñanza de un papa o negar su autoridad doctrinal? No, no es un acto herético, porque sólo hay herejía donde se contradice formalmente un dogma, y ​​con esas observaciones críticas de la correctio filialis no se contradice ningún dogma formulado por el papa Francisco, ni ninguna doctrina moral que haya propuesto como verdad que obliga a todos los católicos a creerla como irreformable. La Correctio filialis denuncia justamente lo contrario, es decir, el hecho de que algunas declaraciones pastorales del papa Francisco cuestionan la doctrina que sus predecesores habían propuesto como verdad ya definida.

 

5) Ahora, llamar la atención del papa sobre el efecto nocivo que esta praxis – aunque probablemente dictada por buenas intenciones pastorales – está produciendo en la opinión pública católica, no es ofensivo para el pontífice y no nace de la presunción o el espíritu de controversia o división. Cabe señalar que la praxis de la autoridad eclesiástica está hecha por decisiones prudenciales, que pueden ser juzgados (por Dios) más o menos sabias y oportunas, pero siempre se puede rectificar a la vista de sus efectos. Dije que sólo Dios es el juez de estas acciones de sus ministros. Pero también a los fieles se les puede permitir tener una opinión (no la certeza absoluta, que en esta materia los hombres no pueden tener) sobre la conveniencia o utilidad de este tipo de decisiones prudenciales de la autoridad eclesiástica.

Yo llegué a la certeza (sólo relativa, por supuesto) de que esta praxis de un magisterio no dogmático, “líquido”, reformista, es más, revolucionario, no es útil para el verdadero bien de las almas, o sea en el progreso de la vida cristiana de todos los fieles de la Iglesia católica. Ésta es una opinión que me la he formado principalmente sobre la base de mi experiencia personal de la administración de los sacramentos, y luego recogiendo también las experiencias de mis hermanos sacerdotes que están en una crisis de conciencia sobre cómo entender y cómo aplicar las nuevas directrices pastorales de Amoris Laetitia.

 

6) ¿La iniciativa de la “Correctio” es contraria al sensus ecclesiae? La corrección fraterna entre los discípulos de Cristo es mandada por el mismo Cristo en el Evangelio. Yo, como todo cristiano, me refiero al sensus ecclesiae como responsabilidad al Evangelio, que debe ser vivido personalmente y profesado comunitariamente. Además, como sacerdote, soy y me siento participe de la misión apostólica del colegio episcopal (la “Sollicitudo omnium Ecclesiarum“), que vivo manteniéndome siempre en comunión de fe y de disciplina eclesiástica con mi ordinario diocesano, que es el mismo papa, obispo de Roma (pertenezco de hecho al clero romano). La aplicación práctica de esta participación, afectiva y efectiva, a la misión apostólica del Colegio episcopal es la preocupación acerca de cómo las enseñanzas y orientaciones pastorales de la Iglesia son aceptadas y vividas, lo que contribuye positivamente a la construcción del Pueblo de Dios en la fe y en la caridad.

Esta preocupación  hoy día crece por la gravísima desorientación pastoral causada por la interpretación ideológica de los documentos del Concilio Vaticano II así como por el magisterio post-conciliar de acuerdo con aquella “hermenéutica de la ruptura” que fue denunciado en su momento por el papa Benedicto, y que consiste en la percepción generalizada de que ya no existe una “doctrina de la fe”, sino sólo programas de reforma de la Iglesia católica para homologarla a las otras religiones, sobre la base de una “ética mundial” también patrocinada por las ideologías políticas dominantes en el mundo (véase mi introducción teológica al libro de Danilo Quinto, Disorientamento pastorale, Leonardo da Vinci, Roma 2016). En estas circunstancias eclesiales, hace poco escribí en NBQ, que cada uno de los fieles católicos debe hacer lo que está dentro de su alcance, yo hago lo que puedo, en cuanto creo que es útil.

 

 

[1] Mons. Antonio Livi (Nacido en Prato, Italia el 25 de agosto de 1938) Es un sacerdote  de la Diócesis de Roma, ordenado sacerdote en 1963. Filósofo, metafísico de primera categoría, editor y ensayista italiano.

https://dominusestblog.wordpress.com/2017/09/27/correccion-al-papa-la-verdad-que-los-lectores-merecen/

¡ que arda tu corazón!

El artículo ha sido modificado, al añadir la carta de Monseñor Antonio Livi.

 

 

 

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